viernes, 10 de julio de 2026

CARTA A JUAN RULFO

 




La muerte de un genio rara vez silencia a quienes lo admiraron. Cuando Juan Rulfo partió, Fernando del Paso lamentó no haberle escrito estando en Europa. Como compensación, escribió esta conmovedora carta abierta, una declaración de amistad publicada originalmente en la Revista de la Universidad de México (Número 159. 2017).

 

Para Fernando del Paso la muerte de Rulfo no fue la muerte de un escritor sino, ante todo, la de un amigo; estas líneas —concebidas para un programa radiofónico— son una declaración de amistad y camaradería que Rulfo no recibió en vida.

 

«A que no sabes con qué me salieron el otro día Juan. Ni te imaginas. No sabes las cosas que dice la gente cuando no tiene nada que decir. Pues fíjate que andaba yo por París, porque te dije que venía a París, ¿no es cierto? Bueno, te lo estoy diciendo. Andaba yo por aquí. No te diré que muy quitado de la pena porque ahorita tengo varios problemas que no viene al caso contar, cuando de sopetón, así, de sopetón, me dicen que nos habías dejado; que te habías ido.

 

Mira, tengo que confesarte que cuando me lo dijeron, estaba tan hundido en mis preocupaciones, como te decía, que casi no me di cuenta cabal de lo que me estaban contando. Y después, fíjate lo que son las cosas, esa misma noche, yo di la noticia por la radio. Yo, imagínate Juan, diciéndole a todos lo que yo mismo no había entendido. Porque lo que me dijeron no fue que se había ido el escritor Juan Rulfo, no; lo que me dijeron fue que se me había ido un amigo. Y yo no lo supe sino poco a poquito, poco a poquito y de repente también, sí, de repente cuando escuché tu voz, cuando puse el disco de Voz viva de México de la Universidad donde leíste “Luvina” y “¡Diles que no me maten!”. Y esa voz me caló muy hondo. Porque esa voz, esa voz, yo la conozco muy bien.

 

Perdóname Juan, perdóname si no te escribí nunca, pero como me habían dicho que tú jamás contestabas una carta, pues yo dije: Entonces para qué le escribo. Y ahora me arrepiento; me arrepiento, Juan. Ahora quisiera que tú hubieras tenido varias cartas mías aunque yo no tuviera ninguna tuya. En serio. Me arrepiento porque yo tuve la culpa. Yo fui el que me fui de México, ¿no? Y no te escribí. Me duele porque no se pueden pasar tantos años, creo que 16 desde que salí, sin escribirle a los amigos, ¿no es cierto? No es cuestión nada más de decir, como Fray Luis, “como decíamos ayer”, porque no, no fue ayer, sino hace muchos años de cuando nos reuníamos una y hasta dos veces por semana, ¿te acuerdas?, en el café del sanatorio Dalinde. Allí se nos iban las horas. ¡Qué las horas! Ahí nos pasábamos años y felices días platicando y fumando como chacuacos. Quien nos hubiera visto, a veces tan serios, habría pensado que nomás hablábamos de literatura. Y sí, claro, platicábamos de Knut Hamsun, y de Faulkner y de Camus y de Melville, todo revuelto. De Conrad, de Thomas Wolfe, de André Gide. Nunca conocí a nadie que hubiera leído tantas novelas. ¿A qué horas las leías, Juan? Se me hace que a veces hacías trampa. Pero también te decía, ¿te acuerdas?, nos dedicábamos al chisme como dos comadres, ni más ni menos.

 

Y a veces, de pronto, tú te ponías a hacer literatura sin darte cuenta. Te ponías a contarme historias que yo no sabía si eran ciertas o eran puras invenciones, o si se iban volviendo ciertas cuando las estabas inventando. Me acuerdo muy bien, Juan, muy bien, como si te estuviera oyendo.

 

¿Tú crees que yo también estoy inventando, Juan? ¿Tú crees que estoy haciendo literatura? Pues a lo mejor sí. Perdóname.

Cabrera Infante, ¿te acuerdas de él?, decía en un libro: “Le soy fiel a mi memoria, aunque mi memoria me sea infiel”.

 

Sí, también uno inventa a los amigos y a los seres queridos, y creo que sobre todo aquellos que ya no pueden defenderse y decirnos: ¡Óyeme, si yo nunca dije esto, o aquello o lo otro!

 

Y por otra parte, ¿tú crees que te estoy faltando al respeto por hablarte así? No, yo sé que no Juan, porque somos amigos, porque siempre lo fuimos.

 

Lo que es más Juan, te voy a confesar que yo siempre te vi como mi mayor, y no porque me llevaras un montón de años. A veces, sí, te veía medio viejón, y sobre todo cuando llegaste a la cincuentena. Pero ya ves lo que son las cosas, yo ya tengo esos mismos años y de hoy en adelante cada vez me vas a llevar menos. En un descuido, si vivo lo suficiente, te alcanzo, Juan.

 

No, lo que yo quería decir es que siempre te vi como mi mayor por la admiración que te tenía y que tampoco nunca te dije porque no te dejabas. ¿O sí te lo dije? Creo que sí, cuando menos una vez, y tuviste que aguantarte.

 

¿Te acuerdas, Juan, el trabajo que me costó hablarte de tú? Tuve que hacer un gran esfuerzo, y cuando lo logré, es como si te hubiera hablado de tú desde siempre. Ya le podía decir a mi mujer: “¡Oye, voy a llegar tarde porque voy a tomar un café con Juan!”. Y ella sabía que ese Juan era Juan Rulfo, el mismísimo Juan Rulfo.

Toqué el disco de Voz viva de México, Juan, para seleccionar unos trozos y hacer un programa. Un programa para la radio sobre Juan Rulfo, el escritor mexicano. Pero cuando me di cuenta que esa voz, no sólo era la de Juan Rulfo sino la de Juan, el amigo al que yo le hablaba de tú, en ese momento supe que lo que yo tenía que hacer era esto: decirte simplemente lo que te estoy diciendo. Que esto me sirve para adornarme con tu amistad… pues sí, tu amistad siempre me adornó.

 

La estrené hace más de veinte años y cuando te vi en las Canarias la última vez, ¿te acuerdas?, me di cuenta de que estaba como nueva. Que todo esto lo estoy escribiendo con un estilo tan cuidado que parezca descuidado, pues también, ya ves, hasta medio rulfiano me estoy poniendo. Y que quizás esto lo estoy leyendo como si fuera más mexicano de lo que soy, o seré nunca. Quizá sí, pero quizá no. Quizás hace falta no sólo un temblor de tierra sino un buen remezón de alma para acordarse de lo que uno es, de lo que uno quiere seguir siendo.

 

Oye Juan, ¿sabes qué?, para escribir esto me puse ayer a releer Pedro Páramo y El Llano en llamas. Tus libros son flacos como tú, Juan, que siempre fuiste medio encanijado. Pero una vez más, me di cuenta de que uno no acaba nunca de leerlos. Ayer me llené la boca con la tierra de Comala, ese pueblo todo untado de desdicha como dices tú, Juan. Ayer, Juan, vi al caballo de Miguel Páramo galopando enloquecido por el camino de la Media Luna. Escuché la voz de Eduviges Dyada, descolorida por la distancia, y ese silencio de Luvina que hay en todas las soledades, como tú dices, Juan.

 

Y contemplé el hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de Danilo muerto. Ayer, Juan, volví a ser Juan Preciado y me perdí en la nublazón de esas nubes espumosas que hacían remolinos sobre mi cabeza, como tú dices, Juan. Ayer fui Pedro Páramo y supliqué por dentro, y di un golpe seco contra la tierra, y me fui desmoronando como si fuera un montón de piedras.

 

Ayer vi cómo el mar mojaba los tobillos y las rodillas y los muslos de Susana San Juan. Vi su cuerpo desnudo hundiéndose en el agua entero, mientras el mar rodeaba su cintura con su brazo suave y le daba vuelta a sus senos, como tú dices, Juan. Ayer, Juan, me bebí con los ojos a Susana San Juan; me bebí su boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; me bebí su cuerpo transparentándose en el agua de la noche, como tú dices, Juan. El cuerpo de Susana, de Susana San Juan. Ayer, sí, de nuevo, Juan, me llené el alma con tu voz.

 

Mi querido Juan, perdóname por no haberte escrito antes. La verdad es que nunca me constó que tú no contestaras cartas, porque nunca te mandé una. Se me hace que lo quise creer por flojo, porque no eres el único amigo al que nunca le escribí. Pero bueno, te decía que estoy aquí en París donde voy a vivir un tiempo y a terminar, eso espero, otro libro.

 

Pronto me alcanzarán Socorro, mi mujer, y mi hijita, Paulina. Los otros tres hijos que tenemos ya están grandes y viven solos. Me dicen que aquí vive uno de tus hijos y que pinta, pero no lo he visto. Yo los conocí a todos de chicos, aunque ya no me acuerdo de ellos. Seguro que si los encuentro en la calle no los reconozco. De quien sí me acuerdo muy bien es de Clara.

 

Y bueno, aquí estamos ya en pleno invierno y el frío está arreciando. Perdóname también por todas estas trivialidades, y más que nada, por lo que no te dije. Porque me queda la sensación de que hay muchas otras cosas que debería decirte, pero no sé exactamente qué. Lo único que sé, es que te tenía que hablar como te estoy hablando, Juan.

 

Mañana, quizás, u otro día, a lo mejor me invitan a hablar sobre tus libros y entonces quizá me atreva a opinar que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá; o quizá no me atreva porque a veces pienso que de tus libros tú ya lo dijiste todo en ellos. En fin.

 

Antes de despedirme, Juan, déjame terminar con un lugar común, con lo que ya han dicho otros, con lo que van a decir siempre, porque es la pura verdad: tú estás vivo, Juan, porque tu voz está viva, porque tu voz no sólo llenó 30 años de silencio sino que llenará muchos años más. Tu voz, Juan, que cuando la escuchamos, no lo vas a creer, y aunque te hayas ido, nos da una alegría; una alegría, sí, Juan, aunque nos hables de qué sé yo cuántas cosas tristes, de risas viejas como cansadas de reír y voces desgastadas por el tiempo, de lugares donde hasta los perros mueren y ya no hay quien le ladre al silencio; de pueblos que destilan olores amarillos y acedos, de ahorcados a los que los zopilotes se los comen por dentro hasta dejar la pura cáscara, como tú dices. Sí, Juan, volver a leerte, volver a escuchar tu voz será siempre una alegría aunque nos hables y nos sigas hablando tanto, ¡ay, Juan!, de la tristeza.»

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La Carta a Juan Rulfo de Fernando del Paso es fundamental porque trasciende el homenaje literario para convertirse en un íntimo testimonio de amistad. En este texto, Del Paso revela el lado más humano y cercano de Juan Rulfo.

 

Margarita Díaz de León Ibarra

 

 


BORGES ANTE CERVANTES

 



«El destino del escritor es extraño...», comenzó diciendo Borges ante los Reyes de España. En aquella ceremonia de 1980, el autor de El Aleph compartió el máximo galardón de la lengua castellana con Gerardo Diego. Sin embargo, más allá de la solemnidad del momento, el genio argentino aprovechó la ocasión para reivindicar al verdadero protagonista del Quijote: no el caballero andante, sino el hidalgo Alonso Quijano, aquel hombre ordinario que, a fuerza de leer, se atrevió a soñar y construyó su propio destino.

 

Borges calificó su asignación del Premio Cervantes como una «generosa equivocación». Lejos de la grandilocuencia, el maestro argentino nos regaló un discurso inolvidable sobre Cervantes y el destino del poeta. Recuperamos sus palabras y su profunda reflexión sobre el Quijote.

 

Majestades, señoras y señores:

 

El destino del escritor es extraño, salvo que todos los destinos lo son; el destino del escritor es cursar el común de las virtudes humanas, las agonías, las luces; sentir intensamente cada instante de su vida y, como quería Wolser, ser no sólo actor, sino espectador de su vida, también tiene que recordar el pasado, tiene que leer a los clásicos, ya que lo que un hombre puede hacer no es nada, podemos simplemente modificar muy levemente la tradición; el lenguaje es nuestra tradición. El escritor tiene una desventaja: el hecho de tener que operar con palabras, y las palabras, según se sabe, son una materia deleznable. Las palabras, como Horacio no ignoraba, cambian de connotación emocional, de sentido; pero el escritor tiene que resignarse a este manejo, el escritor tiene que sentir, luego soñar, luego dejar que le lleguen las fábulas; conviene que el escritor no intervenga demasiado en su obra, debe ser pasivo, debe ser hospitalario con lo que le llega y debe trabajar esa materia de los sueños, debe escribir y publicar, como decía Alfonso Reyes, para no pasarse la vida corrigiendo los borradores, y así trabaja durante años y se siente solo, vivo en una suerte de sueñosismo; pero si los astros son favorables, uso deliberadamente las metáforas astrológicas, aunque detesto la astrología, llega un momento en el cual descubre que no está solo. En ese momento que le ha llegado, que le llega ahora, descubre que está en el centro de un vasto círculo de amigos, conocidos y desconocidos, de gente que ha leído su obra y que la ha enriquecido, y en ese momento él siente que su vida ha sido justificada. Yo ahora me siento más que justificado, me llega este premio, que lleva el nombre, el máximo nombre de Miguel de Cervantes, y recuerdo la primera vez que leí el Quijote, allá por los años 1908 o 1907, y creo que sentí, aún entonces, el hecho de que, a pesar del título engañoso, el héroe no es don Quijote, el héroe es aquel hidalgo manchego, o señor provinciano que diríamos ahora, que a fuerza de leer la materia de Bretaña, la materia de Francia, la materia de Roma la Grande, quiere ser un paladín, quiere ser un Amadís de Gaula, por ejemplo, o Palmerín o quien fuera, ese hidalgo que se impone esa tarea que algunas veces consigue: ser don Quijote, y que al final comprueba que no lo es; al final vuelve a ser Alonso Quijano, es decir, que hay realmente ese protagonista que suele olvidarse, este Alonso Quijano. Quiero decir también que me siento muy conmovido, tenía preparadas muchas frases que no puedo recordar ahora, pero hay algo que no quiero olvidar, y es esto: me conmueve mucho el hecho de recibir este honor en manos de un Rey, ya que un Rey, como un Poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal, no sé cómo decir mi gratitud, solamente puedo decir mi innumerable agradecimiento a todos ustedes.

 

Muchas gracias.

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*En Jorge Luis Borges, Premio de Literatura en lengua castellana "Miguel de Cervantes" 1979, Barcelona, Anthropos, Editorial del Hombre, Ministerio de Cultura, Dirección General del Libro y Bibliotecas, 1989. Antologado en Textos recobrados 1956-1986 (1987).

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El discurso de Jorge Luis Borges al recibir el Premio Cervantes en 1980 es profundamente conmovedor.  Combina la humildad frente a su ceguera y su obra. Una reflexión poética sobre la fragilidad del lenguaje y la revelación de la literatura como un acto de gratitud y asombro.

 

El carácter emotivo de su intervención destaca por varias razones fundamentales:

 

Fiel a su estilo irónico y modesto, Borges calificó la concesión del galardón como una «generosa equivocación». El hecho de que un gigante de la literatura universal sintiera sorpresa y gratitud genuina ante un reconocimiento tan importante resulta profundamente conmovedor.

 

En su descurso, describió la labor del escritor no como una búsqueda de gloria, sino como un proceso humilde de recibir «la materia de los sueños».

 

Concluyó mencionando que, si los astros son favorables, el creador puede descubrir al final de su vida que «no está solo y que su vida ha sido justificada», una reflexión íntima y existencial que resuena fuertemente en el presente y el los tiempos por venir.

 

Margarita Díaz de León Ibarra

sábado, 18 de mayo de 2024

Paul Auster. Taller de Lectura y Reflexión

 

«La literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación profunda entre los seres humanos.»

 

La intención del Taller de Lectura y Reflexión, PAUL AUSTER, LA SOLEDAD DEL DUELO, es abordar las preguntas qué es el ser humano y en qué consiste el hecho de estar vivo, la herida y la búsqueda de la cura, mediante dos obras que invitan a la reflexión y a la memoria. Sus obras son tonalidades que crean personajes. Luego, los personajes crean las situaciones donde las sandalias se gastan.

 

El Taller estará centrado en las obras “La invención de la soledad” (1982) y Baumgartner (2023). Esta selección responde a grandes temas de la literatura, la soledad y el duelo, que unen casi de manera similar ambas narraciones.

 

Invitado especial: Mayo Nieto Caraveo, Médico Psiquiatra.

 

 Para ingresar al Taller, no se requiere lectura previa de las obras.

 

En cada una de las sesiones se comentarán secuencias narrativas, bajo la guía de un calendario temático de lectura que se enviará al recibir el comprobante de pago.

 

Información:

Imparte: Margarita Díaz de León Ibarra, Doctora en Teoría Literaria

Martes de 7:30 a 9:30 pm

16 sesiones

Del 20 de agosto al 3 de diciembre de 2024

Modalidad presencial

Literatura EnEspiral. Humboldt 345, Col. Del Valle, San Luis Potosí, México.

Cupo limitado a diez personas

Inversión: $ 5,250.00

 

Formas y fechas de pago:

·      15 de julio: Pago completo por $ 5,250.00

·      3 pagos parciales de $ 2,000.00 en las siguientes fechas:

Jueves 1 de agosto

Lunes 30 de septiembre

Viernes 1 de noviembre

Depósito bancario o transferencia electrónica

 

Se requiere el COMPROMISO del pago completo o de las tres parcialidades, con asistencia permanente, parcial o retiro.

 

Datos bancarios:

BANCO SANTANDER

MARGARITA DÍAZ DE LEÓN IBARRA

Número de tarjeta: 5579 0700 4832 7343

Número de cuenta: 6055 2229 665

Clabe: 0147 0060 5522 2966 56

Enviar el comprobante de pago a: 

ejerciciodelainteligencia@gmail.com





Don Quijote. Taller de Lectura y Reflexión

 

La intención del Taller de Lectura y Reflexión “Don Quijote” es aproximarnos por primera vez, o de nuevo, al espíritu del “caballero de la triste figura”. Una obra placentera, y necesaria, columna vital del ideal y lo real, del afán de mejorar el mundo sin cegar la realidad.

 

El Taller estará centrado en la Primera Parte, “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” publicado en 1605, dividida en 52 capítulos.

 

Para ingresar al Taller, no se requiere lectura previa de la obra de Cervantes.

 

En cada una de las sesiones se comentarán dos o tres capítulos, bajo la guía de un calendario temático de lectura que se enviará al recibir el comprobante de pago.

 

Información:

Imparte: Margarita Díaz de León Ibarra, Doctora en Teoría Literaria

Lunes de 7:30 a 9:30 pm

27 sesiones

Del 12 de agosto de 2024 al 7 de abril de 2025

Modalidad presencial

Literatura EnEspiral. Humboldt 345, Col. Del Valle, San Luis Potosí, México.

Cupo limitado a diez personas

Inversión: $ 8,750.00

 

Formas y fechas de pago:

·      15 de julio: Pago completo por $ 8,750.00

·      5 pagos parciales de $ 2,000.00 en las siguientes fechas:

Lunes 15 de julio

Jueves 15 de agosto

Martes 17 de septiembre

Martes 15 de octubre

Viernes 15 de noviembre

Depósito bancario o transferencia electrónica

 

Se requiere el COMPROMISO del pago completo o de las cinco parcialidades, con asistencia permanente, parcial o retiro.

 

Datos bancarios:

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Nuevos cuerpos en el arte

 

El arte contemporáneo confronta las presiones del mercado, que impone modelos estándar tanto a hombres como a mujeres. Sin embargo es evidente, que por la propia estructura de la sociedad, el cuerpo femenino sea el canon de un único modelo, el cliché de lo bello, que desprecia todo aquello que no se ajusta al cuerpo exitoso.

 

Los artistas contemporáneos han abordado este tema de gran importancia dentro de nuestra sociedad. Las representaciones idealizadas, la frustración por el propio cuerpo y los trastornos derivados de ello, son el material de trabajo con el que expresan sus pensamientos hacia esta situación de tiranía corporal que nos impone la moda.

 

La intención de las charlas es brindar al participante la visión crítica de mujeres artistas contemporáneas, mediante la propuesta de nuevas corporeidades:

 

Vanesa Beecroft (1969, Génova, Italia) vive y crea en Nueva York. Interviene galerías y espacios de arte con performances donde pone en crisis el ideal de belleza de cuerpos que el mercado convierte en maniquíes, en objetos que carecen de vida propia.

 

Marlene Dumas (1953, Ciudad del Cabo, Sudáfrica) vive y crea en Ámsterdam, Países Bajos. Con recursos pictóricos utiliza la figura humana como medio para criticar las ideas contemporáneas sobre la identidad racial, sexual y social.

 

Martha Rosler (1943, Brooklyn, Nueva York) es una artista que crea, a través de fotografías y foto-texto, vídeo, instalaciones, esculturas y performances, denuncias contra la mercantilización de lo bello, la confusión entre deseo y belleza, entre éxito y apariencia, que conlleva numerosos problemas de frustración ante el propio cuerpo.

 

Dos artistas que exponen las torturas para el cuerpo, en una deformación constante de nuestras propias formas, en busca del ideal de belleza: Ana Pérez-Quiroga (1960, Coímbra, Portugal) y Estíbaliz Sadaba (1963, Bilbao, España).

 

Información:

Imparte: Margarita Díaz de León Ibarra, Doctora en Humanidades

Miércoles 5, 12 y 26 de junio

7 pm – 8:30 pm

Modalidad presencial

Literatura EnEspiral. Humboldt 345, Col. Del Valle, San Luis Potosí, México.

Cupo limitado a diez personas

$ 1,000.00

Depósito bancario o transferencia electrónica

 

BANCO SANTANDER

MARGARITA DÍAZ DE LEÓN IBARRA

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jueves, 6 de julio de 2017

Juan Carlos Onetti


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Juan Carlos Onetti encerrado con un solo juguete: un libro

Por Eduardo Becerra Grande

—Sí, y digo también que para construir su literatura
no mira al exterior
 sino al mundo que tiene en sus entrañas.

María Esther Gilio
Construcción de la noche. La vida de Juan Carlos Onetti

Los hitos fundamentales de la vida de un gran escritor son sus libros. Al lado de ellos, ciertas vivencias especialmente relevantes suelen evocarse para completar el perfil biográfico y también a veces para tratar de explicar los significados de su literatura. La vida de Juan Carlos Onetti podría dibujarse sobre ambos planos. Autor de un buen puñado de obras maestras: El pozo, La vida breve, Los adioses, El astillero, Juntacadáveres y cuentos como «Un sueño realizado», «El infierno tan temido», «Jacob y el otro» o «La novia robada», por citar sólo unos pocos; en su trayectoria encontramos asimismo experiencias de gran significación: sus matrimonios y divorcios, su vida de juventud y madurez entre Buenos Aires y Montevideo, alguna larga, intensa y agónica pasión amorosa, como la de su relación con la poeta Idea Vilariño, las dificultades y la resistencia al reconocimiento de su obra —plasmadas en su larga colección de segundos puestos en premios literarios— y la cárcel y el exilio, en las que debería apoyarse cualquier biografía al uso sobre su figura.

Todas ellas han sido relatadas, por el propio Onetti o por sus biógrafos o los críticos de su obra, en numerosas ocasiones. En general, la imagen del Onetti silencioso, solitario, huraño e irónico se ha repetido en prácticamente todas las semblanzas que se han acercado a su personalidad. Al lado de todos estos rasgos y aconteceres, otras muchas experiencias menores han sido igualmente destacadas una y otra vez como signos de su carácter singular. Sin embargo, pienso que no se ha resaltado suficientemente el hilo que las une, una delgada fibra que traza una biografía íntima quizás incluso más iluminadora de su literatura y su forma de ser que otros sucesos aparentemente más importantes.

La historia empieza en un armario y termina en una cama, y en ambos lugares encontramos la soledad, el encierro y la lectura, tres rasgos capaces de dibujar la imagen completa de Juan Carlos Onetti. En el principio está Onetti de niño escondido en un ropero, con la puerta levemente entornada para que entre la luz, leyendo durante horas olvidado de todo y ajeno por completo al exterior. Poco después lo vemos en una sala umbría de la biblioteca del Museo Pedagógico de Colón, donde, siempre a solas y en silencio, descubre la literatura de Julio Verne, Valle Inclán, Baroja, Eça de Queiroz y Anatole France. Y, dentro de los territorios de su infancia, esta historia que prefigura al adulto solitario, distante y lector voraz adquiere un perfil definitivo para el resto de sus días cuando conoce a un tío suyo poseedor de la colección completa de las aventuras de Fantomas y al visitarlo lo descubre tumbado en la cama, donde pasaba la mayor parte del día, dedicado a la lectura. Tras esa visita, Juan Carlos Onetti buscará durante toda su vida, sin encontrarlas nunca, la continuación de las aventuras de Fantomas protagonizadas supuestamente por su hija y quedará grabada en su cabeza la imagen de una actitud personal seguramente ya desde entonces irresistible para él, que lo acompañará para siempre y sin duda sería recordada a la hora de tomar una lenta, progresiva y finalmente definitiva decisión crucial ya en su vida adulta. Estas escenas, que podrían ser una sola si prescindiéramos de los escenarios diferentes, dibujan una encrucijada que en el caso de Onetti es, al tiempo, vital y literaria. El encierro y la toma de distancia respecto al mundo le ofrecerán ya en la niñez las condiciones óptimas para adentrarse en esos otros espacios a los que la literatura nos invita a entrar; una vez conseguido el aislamiento, la lectura le abre las puertas de un territorio infinito poblado de un sinfín de lugares, personajes e historias. La soledad es así la condición germinal del sueño y la imaginación; fórmula que puede definir tanto su actitud ante la vida como una parte sustancial de sus ficciones. Ya octogenario, Onetti respondía a una pregunta de María Esther Gilio con estas palabras:

Más de una vez yo dije sin ningún propósito de vanidad «Mi reino no es de este mundo». Y en verdad no es. Mi mundo es el que yo me invento, y este en el que vivo sólo existe en cuanto me da material para el otro. Es en ese sentido que vale para mí. El hecho de que sea de aquí de donde yo saco la materia para construir el mundo de mi literatura, hace que viva este mundo con gran distancia. Esa podría ser la explicación.

Su biografía está salpicada de ejemplos de esta actitud distante ya forjada en la infancia: los cartelitos en la puerta de su casa en González Prado, allá por los años sesenta, en los que se podía leer mensajes tan rotundos como éste: «No estoy, no insista»; su amistad con Juan Rulfo —una de las personas, según confesión propia, de la que se sintió más cercano—, alimentada casi exclusivamente de largos encuentros silenciosos, dignos de esos dos «juntasilencios», como una vez definió a Onetti uno de sus amigos; su negativa a hablar en la Sorbona, ante cien estudiantes que esperaban sus palabras, en un homenaje a su obra; sus encierros en habitaciones de hotel en diferentes actos donde se le había asignado un papel protagonista: como el congreso en su honor realizado en Xalapa, en la Universidad de Veracruz; o el Primer Congreso Internacional de Escritores celebrado en Gran Canaria, del que ostentaba la presidencia que ejerció encerrado en su cuarto del que sólo salía para beber en el bar con su amigo Juan Rulfo, o en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, donde, invitado otra vez a actuar de presidente, tuvo que ser sustituido debido a su nuevo encierro. El broche fue su ausencia en la cena en su honor con motivo del Premio Cervantes obtenido en 1980, donde era esperado por, entre otros, los Reyes de España.

Desde luego, no fueron siempre estas actitudes las que adoptaría a lo largo de su vida, pero sí las que han forjado su leyenda, construida a base de ausencias y renuncias. El espacio cerrado se configura así como un marco central en la biografía de Juan Carlos Onetti y simultáneamente constituye el lugar axial de su literatura: habitaciones, cafés, bares, prostíbulos y oficinas se intercambian en su vida y en sus novelas y cuentos como si de un mismo relato se tratara. Y en este paisaje de lugares entre cuatro paredes emergen figuras que rompen su enclaustramiento a través de la imaginación, acto fundador de algunas de sus obras más importantes. El niño Onetti que soñaba a partir de los libros que leía escondido en el armario o en la sala umbría de la biblioteca del Pedagógico se prolonga en Eladio Linacero, que en El poz o—relato que surge, no hay que olvidarlo, en una tarde en que Onetti se encuentra sin tabaco y sin poder salir a la calle a comprarlo— rompe su encierro solitario a base de sueños, recuerdos y ficciones. Pero aún más, la saga sanmariana que inaugura La vida breve comienza en la atmósfera enclaustrada de una casa cuando Juan María Brausen oye la voz de una mujer tras el tabique y comienza a imaginar la posibilidad de convertirse en otro, un tal Arce; y más adelante será ese mismo cuarto el escenario donde el mismo Brausen soñará toda una ciudad y sus habitantes: un espacio de salvación que finalmente prolongará el mismo infierno desde el que fue imaginado. A partir de esta novela inaugural, las numerosas ficciones que posteriormente se ubican en Santa María no dejan nunca de destilar la sensación de que asistimos a las peripecias de seres que no son más que producto del sueño y la imaginación de un demiurgo solitario y aislado que a menudo toma la voz para recordarnos esa situación. La región nuclear de su literatura se inaugura y se prolonga así en una escena que remeda aquella de su niñez. Al mismo tiempo su vida, según avanza, va conquistando cada vez con mayor decisión un nuevo espacio mínimo capaz de albergar la misma soledad y la imaginación de la niñez en un par de metros cuadrados.

Decía más arriba que la historia termina en la cama, que Onetti visita para quedarse cada vez con más frecuencia y durante periodos cada vez más largos, un lugar donde ya no sólo lee sino también escribe, hasta acabar pasando la vida «apoyado en un codo» —como recordaba su última mujer, Dolly— y convertirse definitivamente, en palabras de Juan Villoro que lo retratan magníficamente, en «un tumbado que se entrega a la épica de soñar». Onetti volvía así a un lugar que no había abandonado nunca. En cierta ocasión, al preguntarle qué era lo que más recordaba de cuando era niño, contestó: «Las mentiras, los caprichos, las ganas de esconderme. En mi infancia me escondía a leer en un ropero, ahora lo hago dentro de una cama... Se puede interpretar como una huida de la vida, búsqueda de refugio, yo qué sé». El Onetti adulto se fue a la cama porque ya no cabía en el armario de su niñez, sólo en esos lugares se vio capaz de seguir la que consideraba regla fundamental del verdadero creador: «Quien escribe por necesidad debe buscar dentro de sí mismo, que es el único lugar donde puede buscarse la verdad y todo ese montón de cosas cuya persecución, fracasada siempre, produce la obra de arte. Fuera de nosotros no hay nada, nadie». Héroe de un larguísimo viaje interior trufado de ensoñaciones —travesía que se desdobla incesantemente en los personajes fundamentales de su narrativa—, Juan Carlos Onetti funda a partir de este espacio íntimo una gran literatura, arte que, como señalara Borges, no era otra cosa que «un sueño dirigido y deliberado, pero fundamentalmente sueño».

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Juan Carlos Onetti, cuentista
Por Francisca Noguerol Jiménez

A lo largo de toda su carrera Juan Carlos Onetti practicó el cuento, género con el que comenzó su andadura literaria y que en ningún modo consideró inferior a la novela. De hecho, ninguno de sus relatos se revela como tanteo inicial en el proceso de elaboración de una obra mayor. Todo lo contrario: a veces, como en «La casa en la arena», el texto formó parte en principio de una novela —La vida breve— para adquirir vida propia e independizarse posteriormente.

Algunos de sus títulos — «Jacob y el otro», «Tan triste como ella», «La cara de la desgracia»— han sido adscritos indistintamente a las categorías cuento y nouvelle por su número de páginas lo que, teniendo en cuenta la diferente extensión de las novelas onettianas, da idea de un hecho incuestionable: los relatos no conforman un compartimento estanco, sino que suponen una puerta de acceso privilegiada para adentrarse en un universo narrativo caracterizado por la profunda coherencia entre las partes, la autosuficiencia y la visión de la existencia humana como un mosaico conformado por teselas de diverso tamaño, incorporadas al conjunto con cada nuevo título del escritor.

A ello contribuye la presencia de un narrador falible, testigo de hechos que no entiende del todo y que cuenta a través de elipsis, silencios y frecuentes incisos. Este hecho provoca una profunda desazón en el lector, que se sabe incapacitado para llegar a la verdad de los hechos. Otro elemento de cohesión entre los textos viene dado por la conformación de un espacio simbólico común: la ciudad de Santa María, imaginada a partir de referencias montevideanas y bonaerenses, melancólica, barrosa y marcada por un carácter fantasmagórico a tono con las ensoñaciones en las que viven sumidos los personajes que la habitan. Estos, además, aparecen interpolados en diferentes tramas, pasando de una a otra en distintos momentos de sus vidas y con diversa relevancia en cada argumento.

Perfectamente definidas desde el momento de su aparición y estrechamente vinculadas a las imaginadas por Roberto Arlt, Louis Ferdinand Céline y William Faulkner, las lúcidas criaturas de Onetti no modifican su conducta a raíz de lo que les sucede. En ellas se repite como rasgo distintivo la pasividad, resignación fatalista ante el deterioro a que las somete la vida por la que se convierten en observadoras privilegiadas de la realidad. Marginales por su extracción social o por el oficio que ejercen —inmigrantes, prostitutas, proxenetas, periodistas bohemios, gente de teatro desarraigada— e integrantes de una sociedad donde los demás, sartreanamente, «son el infierno», encuentran como único alivio a su soledad la evasión en el tiempo —el paraíso perdido de infancia y adolescencia—, el espacio —las patrias respectivas para los extranjeros, los espacios de la aventura para los soñadores—, la propia mente —la locura—, las emociones —el amor puro, sin mácula sexual— o la propia muerte —el suicidio—.

«Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo» (1933), el primer cuento publicado por el uruguayo, presenta ya los rasgos característicos de su literatura: mientras deambula sin rumbo fijo por la gran ciudad, un hombre mezcla recuerdos, deseos y sueños en desordenado flujo de conciencia para descubrirnos su alienación de la realidad y su consiguiente necesidad de inventarse una personalidad aventurera. El reflejo de la intimidad del personaje explica la pluralidad tempoespacial, los múltiples planos narrativos y el tempo lento en que se desarrolla la historia, tan característico de la escritura onettiana.

La primera frase resulta especialmente significativa de este hecho:

Cruzó la avenida, en la pausa del tráfico, y echó a andar por Florida. Le sacudió los hombros un estremecimiento de frío, y de inmediato la resolución de ser más fuerte que el aire viajero quitó las manos de los bolsillos, aumentó la curva del pecho y elevó la cabeza, en una búsqueda divina en el cielo monótono. Podría desafiar cualquier temperatura. Podría vivir más allá abajo, más lejos de Ushuaia.

A través de gestos aparentemente sin importancia reconocemos algunos motivos fundamentales del autor. El protagonista camina en busca de un vínculo cósmico, aspiración fallida por la monotonía indiferente del cielo. Ante esta situación, opta por evadirse en el mundo de los sueños, pensando en habitar un espacio mítico ubicado más allá de Ushuaia, la ciudad más austral del planeta. Un poco más adelante se acogerá a la ilusión que le proporciona su amor por María Eugenia, primera de la larga serie de muchachas onettianas en las que, amenazadoramente, se adivinan los signos de la edad adulta y que, como consecuencia de ello, se encuentran próximas a la caída: «Sólo una vez la había visto de blanco; hacía años. Tan bien disfrazada de colegiala que los dos puñetazos simultáneos que daban los senos en la tela, al chocar con la pureza de la gran moña, hacía de la niña una mujer madura, escéptica y cansada». Este personaje arquetípico se repetirá con infinitas variantes hasta «Bichicome», la adolescente deseada por el narrador del último cuento de Onetti.

Llegados a este punto queda claro el tema central de los cuentos que comentamos: la agonía del ser humano —en el doble sentido de lucha y estadio inmediatamente anterior a la muerte— en un mundo signado por el paso del tiempo. Pero esta agonía es descrita sin grandilocuencia trágica, con la contención característica de los mejores autores rioplatenses, con la serenidad del que se sabe más allá del desastre.

Si la vida gotea «como un aceite rancio» en los Poemas de la oficina del también uruguayo Mario Benedetti, tan similares en su atmósfera a la épica de la derrota onettiana, no queda más que el escape romántico a través de los valores comentados más arriba y que dan lugar a pasajes de brutal e irredenta poesía: un adjetivo al desgaire, unas pocas imágenes repetidas, unos trazos impresionistas y el lenguaje de los cuentos abrasa al lector con su frialdad. Así, «Bienvenido, Bob» presenta la adolescencia como la etapa de la vida en que la edad aún no es «una forma definitiva del ridículo»; la mujer que incentiva la representación en «Un sueño realizado» es descrita «con aire de jovencita de otro siglo que hubiera quedado dormida y despertara ahora un poco despeinada, apenas envejecida, pero a punto de alcanzar su edad en cualquier momento, de golpe, y quebrarse allí en silencio, desmoronarse roída por el trabajo sigiloso de los días»; por último, en «El infierno tan temido», relato de la humillación por antonomasia y preferido por el autor entre todos los que escribiera, la primera imagen enviada por la mujer a su antiguo marido y con la que desencadena el suicidio de éste es «una foto parda, escasa de luz, en la que el odio y la sordidez se acrecentaban en los márgenes sombríos, formando gruesas franjas indecisas, como el relieve, como gotas de sudor rodeando una cara angustiada».

Basten estos pocos ejemplos como muestra de la calidad de los cuentos onettianos, que han adquirido por derecho propio una importancia capital en las letras hispánicas del siglo xx. Probablemente, sin «Un sueño realizado» no hubiéramos asistido al patético concierto de Berthe Trépat en Rayuela, ni sería tan importante en la literatura uruguaya la figura del desarraigado —base de la cuentística de L. S. Garini, Julio Ricci, Mario Levrero o Hugo Burel entre otros—, ni la Mágina de Antonio Muñoz Molina sería un espacio tan claramente definido por el desamparo, los recuerdos y la soledad. Sin Onetti, en definitiva, no sabríamos que la poesía más alta habita en los territorios de la sordidez.

Fuente: Centro Virtual Cervantes