La
muerte de un genio rara vez silencia a quienes lo admiraron. Cuando Juan Rulfo
partió, Fernando del Paso lamentó no haberle escrito estando en Europa. Como
compensación, escribió esta conmovedora carta abierta, una declaración de amistad
publicada originalmente en la Revista de
la Universidad de México (Número 159. 2017).
Para
Fernando del Paso la muerte de Rulfo no fue la muerte de un escritor sino, ante
todo, la de un amigo; estas líneas —concebidas para un programa radiofónico—
son una declaración de amistad y camaradería que Rulfo no recibió en vida.
«A que no sabes con qué me salieron el
otro día Juan. Ni te imaginas. No sabes las cosas que dice la gente cuando no
tiene nada que decir. Pues fíjate que andaba yo por París, porque te dije que
venía a París, ¿no es cierto? Bueno, te lo estoy diciendo. Andaba yo por aquí.
No te diré que muy quitado de la pena porque ahorita tengo varios problemas que
no viene al caso contar, cuando de sopetón, así, de sopetón, me dicen que nos
habías dejado; que te habías ido.
Mira,
tengo que confesarte que cuando me lo dijeron, estaba tan hundido en mis
preocupaciones, como te decía, que casi no me di cuenta cabal de lo que me
estaban contando. Y después, fíjate lo que son las cosas, esa misma noche, yo
di la noticia por la radio. Yo, imagínate Juan, diciéndole a todos lo que yo
mismo no había entendido. Porque lo que me dijeron no fue que se había ido el
escritor Juan Rulfo, no; lo que me dijeron fue que se me había ido un amigo. Y
yo no lo supe sino poco a poquito, poco a poquito y de repente también, sí, de
repente cuando escuché tu voz, cuando puse el disco de Voz viva de México de la Universidad donde leíste “Luvina” y
“¡Diles que no me maten!”. Y esa voz me caló muy hondo. Porque esa voz, esa
voz, yo la conozco muy bien.
Perdóname
Juan, perdóname si no te escribí nunca, pero como me habían dicho que tú jamás
contestabas una carta, pues yo dije: Entonces para qué le escribo. Y ahora me
arrepiento; me arrepiento, Juan. Ahora quisiera que tú hubieras tenido varias
cartas mías aunque yo no tuviera ninguna tuya. En serio. Me arrepiento porque
yo tuve la culpa. Yo fui el que me fui de México, ¿no? Y no te escribí. Me
duele porque no se pueden pasar tantos años, creo que 16 desde que salí, sin
escribirle a los amigos, ¿no es cierto? No es cuestión nada más de decir, como
Fray Luis, “como decíamos ayer”, porque no, no fue ayer, sino hace muchos años
de cuando nos reuníamos una y hasta dos veces por semana, ¿te acuerdas?, en el
café del sanatorio Dalinde. Allí se nos iban las horas. ¡Qué las horas! Ahí nos
pasábamos años y felices días platicando y fumando como chacuacos. Quien nos
hubiera visto, a veces tan serios, habría pensado que nomás hablábamos de
literatura. Y sí, claro, platicábamos de Knut Hamsun, y de Faulkner y de Camus
y de Melville, todo revuelto. De Conrad, de Thomas Wolfe, de André Gide. Nunca
conocí a nadie que hubiera leído tantas novelas. ¿A qué horas las leías, Juan?
Se me hace que a veces hacías trampa. Pero también te decía, ¿te acuerdas?, nos
dedicábamos al chisme como dos comadres, ni más ni menos.
Y a
veces, de pronto, tú te ponías a hacer literatura sin darte cuenta. Te ponías a
contarme historias que yo no sabía si eran ciertas o eran puras invenciones, o
si se iban volviendo ciertas cuando las estabas inventando. Me acuerdo muy
bien, Juan, muy bien, como si te estuviera oyendo.
¿Tú
crees que yo también estoy inventando, Juan? ¿Tú crees que estoy haciendo
literatura? Pues a lo mejor sí. Perdóname.
Cabrera
Infante, ¿te acuerdas de él?, decía en un libro: “Le soy fiel a mi memoria,
aunque mi memoria me sea infiel”.
Sí,
también uno inventa a los amigos y a los seres queridos, y creo que sobre todo
aquellos que ya no pueden defenderse y decirnos: ¡Óyeme, si yo nunca dije esto,
o aquello o lo otro!
Y por
otra parte, ¿tú crees que te estoy faltando al respeto por hablarte así? No, yo
sé que no Juan, porque somos amigos, porque siempre lo fuimos.
Lo
que es más Juan, te voy a confesar que yo siempre te vi como mi mayor, y no
porque me llevaras un montón de años. A veces, sí, te veía medio viejón, y
sobre todo cuando llegaste a la cincuentena. Pero ya ves lo que son las cosas,
yo ya tengo esos mismos años y de hoy en adelante cada vez me vas a llevar
menos. En un descuido, si vivo lo suficiente, te alcanzo, Juan.
No,
lo que yo quería decir es que siempre te vi como mi mayor por la admiración que
te tenía y que tampoco nunca te dije porque no te dejabas. ¿O sí te lo dije?
Creo que sí, cuando menos una vez, y tuviste que aguantarte.
¿Te
acuerdas, Juan, el trabajo que me costó hablarte de tú? Tuve que hacer un gran
esfuerzo, y cuando lo logré, es como si te hubiera hablado de tú desde siempre.
Ya le podía decir a mi mujer: “¡Oye, voy a llegar tarde porque voy a tomar un
café con Juan!”. Y ella sabía que ese Juan era Juan Rulfo, el mismísimo Juan
Rulfo.
Toqué
el disco de Voz viva de México, Juan,
para seleccionar unos trozos y hacer un programa. Un programa para la radio
sobre Juan Rulfo, el escritor mexicano. Pero cuando me di cuenta que esa voz,
no sólo era la de Juan Rulfo sino la de Juan, el amigo al que yo le hablaba de
tú, en ese momento supe que lo que yo tenía que hacer era esto: decirte simplemente
lo que te estoy diciendo. Que esto me sirve para adornarme con tu amistad… pues
sí, tu amistad siempre me adornó.
La
estrené hace más de veinte años y cuando te vi en las Canarias la última vez,
¿te acuerdas?, me di cuenta de que estaba como nueva. Que todo esto lo estoy
escribiendo con un estilo tan cuidado que parezca descuidado, pues también, ya
ves, hasta medio rulfiano me estoy poniendo. Y que quizás esto lo estoy leyendo
como si fuera más mexicano de lo que soy, o seré nunca. Quizá sí, pero quizá
no. Quizás hace falta no sólo un temblor de tierra sino un buen remezón de alma
para acordarse de lo que uno es, de lo que uno quiere seguir siendo.
Oye
Juan, ¿sabes qué?, para escribir esto me puse ayer a releer Pedro Páramo y El Llano en llamas. Tus libros son flacos como tú, Juan, que
siempre fuiste medio encanijado. Pero una vez más, me di cuenta de que uno no
acaba nunca de leerlos. Ayer me llené la boca con la tierra de Comala, ese
pueblo todo untado de desdicha como dices tú, Juan. Ayer, Juan, vi al caballo
de Miguel Páramo galopando enloquecido por el camino de la Media Luna. Escuché
la voz de Eduviges Dyada, descolorida por la distancia, y ese silencio de
Luvina que hay en todas las soledades, como tú dices, Juan.
Y
contemplé el hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran
ronquido que saliera de la boca de Danilo muerto. Ayer, Juan, volví a ser Juan
Preciado y me perdí en la nublazón de esas nubes espumosas que hacían remolinos
sobre mi cabeza, como tú dices, Juan. Ayer fui Pedro Páramo y supliqué por
dentro, y di un golpe seco contra la tierra, y me fui desmoronando como si
fuera un montón de piedras.
Ayer
vi cómo el mar mojaba los tobillos y las rodillas y los muslos de Susana San
Juan. Vi su cuerpo desnudo hundiéndose en el agua entero, mientras el mar
rodeaba su cintura con su brazo suave y le daba vuelta a sus senos, como tú
dices, Juan. Ayer, Juan, me bebí con los ojos a Susana San Juan; me bebí su
boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; me bebí su cuerpo
transparentándose en el agua de la noche, como tú dices, Juan. El cuerpo de
Susana, de Susana San Juan. Ayer, sí, de nuevo, Juan, me llené el alma con tu
voz.
Mi
querido Juan, perdóname por no haberte escrito antes. La verdad es que nunca me
constó que tú no contestaras cartas, porque nunca te mandé una. Se me hace que
lo quise creer por flojo, porque no eres el único amigo al que nunca le
escribí. Pero bueno, te decía que estoy aquí en París donde voy a vivir un
tiempo y a terminar, eso espero, otro libro.
Pronto
me alcanzarán Socorro, mi mujer, y mi hijita, Paulina. Los otros tres hijos que
tenemos ya están grandes y viven solos. Me dicen que aquí vive uno de tus hijos
y que pinta, pero no lo he visto. Yo los conocí a todos de chicos, aunque ya no
me acuerdo de ellos. Seguro que si los encuentro en la calle no los reconozco.
De quien sí me acuerdo muy bien es de Clara.
Y
bueno, aquí estamos ya en pleno invierno y el frío está arreciando. Perdóname
también por todas estas trivialidades, y más que nada, por lo que no te dije.
Porque me queda la sensación de que hay muchas otras cosas que debería decirte,
pero no sé exactamente qué. Lo único que sé, es que te tenía que hablar como te
estoy hablando, Juan.
Mañana,
quizás, u otro día, a lo mejor me invitan a hablar sobre tus libros y entonces
quizá me atreva a opinar que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá; o
quizá no me atreva porque a veces pienso que de tus libros tú ya lo dijiste
todo en ellos. En fin.
Antes
de despedirme, Juan, déjame terminar con un lugar común, con lo que ya han
dicho otros, con lo que van a decir siempre, porque es la pura verdad: tú estás
vivo, Juan, porque tu voz está viva, porque tu voz no sólo llenó 30 años de
silencio sino que llenará muchos años más. Tu voz, Juan, que cuando la
escuchamos, no lo vas a creer, y aunque te hayas ido, nos da una alegría; una
alegría, sí, Juan, aunque nos hables de qué sé yo cuántas cosas tristes, de
risas viejas como cansadas de reír y voces desgastadas por el tiempo, de
lugares donde hasta los perros mueren y ya no hay quien le ladre al silencio;
de pueblos que destilan olores amarillos y acedos, de ahorcados a los que los
zopilotes se los comen por dentro hasta dejar la pura cáscara, como tú dices.
Sí, Juan, volver a leerte, volver a escuchar tu voz será siempre una alegría
aunque nos hables y nos sigas hablando tanto, ¡ay, Juan!, de la tristeza.»
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La Carta a Juan Rulfo de Fernando del Paso
es fundamental porque trasciende el homenaje literario para convertirse en un
íntimo testimonio de amistad. En este texto, Del Paso revela el lado más humano
y cercano de Juan Rulfo.
Margarita Díaz de León Ibarra





