viernes, 10 de julio de 2026

BORGES ANTE CERVANTES

 



«El destino del escritor es extraño...», comenzó diciendo Borges ante los Reyes de España. En aquella ceremonia de 1980, el autor de El Aleph compartió el máximo galardón de la lengua castellana con Gerardo Diego. Sin embargo, más allá de la solemnidad del momento, el genio argentino aprovechó la ocasión para reivindicar al verdadero protagonista del Quijote: no el caballero andante, sino el hidalgo Alonso Quijano, aquel hombre ordinario que, a fuerza de leer, se atrevió a soñar y construyó su propio destino.

 

Borges calificó su asignación del Premio Cervantes como una «generosa equivocación». Lejos de la grandilocuencia, el maestro argentino nos regaló un discurso inolvidable sobre Cervantes y el destino del poeta. Recuperamos sus palabras y su profunda reflexión sobre el Quijote.

 

Majestades, señoras y señores:

 

El destino del escritor es extraño, salvo que todos los destinos lo son; el destino del escritor es cursar el común de las virtudes humanas, las agonías, las luces; sentir intensamente cada instante de su vida y, como quería Wolser, ser no sólo actor, sino espectador de su vida, también tiene que recordar el pasado, tiene que leer a los clásicos, ya que lo que un hombre puede hacer no es nada, podemos simplemente modificar muy levemente la tradición; el lenguaje es nuestra tradición. El escritor tiene una desventaja: el hecho de tener que operar con palabras, y las palabras, según se sabe, son una materia deleznable. Las palabras, como Horacio no ignoraba, cambian de connotación emocional, de sentido; pero el escritor tiene que resignarse a este manejo, el escritor tiene que sentir, luego soñar, luego dejar que le lleguen las fábulas; conviene que el escritor no intervenga demasiado en su obra, debe ser pasivo, debe ser hospitalario con lo que le llega y debe trabajar esa materia de los sueños, debe escribir y publicar, como decía Alfonso Reyes, para no pasarse la vida corrigiendo los borradores, y así trabaja durante años y se siente solo, vivo en una suerte de sueñosismo; pero si los astros son favorables, uso deliberadamente las metáforas astrológicas, aunque detesto la astrología, llega un momento en el cual descubre que no está solo. En ese momento que le ha llegado, que le llega ahora, descubre que está en el centro de un vasto círculo de amigos, conocidos y desconocidos, de gente que ha leído su obra y que la ha enriquecido, y en ese momento él siente que su vida ha sido justificada. Yo ahora me siento más que justificado, me llega este premio, que lleva el nombre, el máximo nombre de Miguel de Cervantes, y recuerdo la primera vez que leí el Quijote, allá por los años 1908 o 1907, y creo que sentí, aún entonces, el hecho de que, a pesar del título engañoso, el héroe no es don Quijote, el héroe es aquel hidalgo manchego, o señor provinciano que diríamos ahora, que a fuerza de leer la materia de Bretaña, la materia de Francia, la materia de Roma la Grande, quiere ser un paladín, quiere ser un Amadís de Gaula, por ejemplo, o Palmerín o quien fuera, ese hidalgo que se impone esa tarea que algunas veces consigue: ser don Quijote, y que al final comprueba que no lo es; al final vuelve a ser Alonso Quijano, es decir, que hay realmente ese protagonista que suele olvidarse, este Alonso Quijano. Quiero decir también que me siento muy conmovido, tenía preparadas muchas frases que no puedo recordar ahora, pero hay algo que no quiero olvidar, y es esto: me conmueve mucho el hecho de recibir este honor en manos de un Rey, ya que un Rey, como un Poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal, no sé cómo decir mi gratitud, solamente puedo decir mi innumerable agradecimiento a todos ustedes.

 

Muchas gracias.

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*En Jorge Luis Borges, Premio de Literatura en lengua castellana "Miguel de Cervantes" 1979, Barcelona, Anthropos, Editorial del Hombre, Ministerio de Cultura, Dirección General del Libro y Bibliotecas, 1989. Antologado en Textos recobrados 1956-1986 (1987).

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El discurso de Jorge Luis Borges al recibir el Premio Cervantes en 1980 es profundamente conmovedor.  Combina la humildad frente a su ceguera y su obra. Una reflexión poética sobre la fragilidad del lenguaje y la revelación de la literatura como un acto de gratitud y asombro.

 

El carácter emotivo de su intervención destaca por varias razones fundamentales:

 

Fiel a su estilo irónico y modesto, Borges calificó la concesión del galardón como una «generosa equivocación». El hecho de que un gigante de la literatura universal sintiera sorpresa y gratitud genuina ante un reconocimiento tan importante resulta profundamente conmovedor.

 

En su descurso, describió la labor del escritor no como una búsqueda de gloria, sino como un proceso humilde de recibir «la materia de los sueños».

 

Concluyó mencionando que, si los astros son favorables, el creador puede descubrir al final de su vida que «no está solo y que su vida ha sido justificada», una reflexión íntima y existencial que resuena fuertemente en el presente y el los tiempos por venir.

 

Margarita Díaz de León Ibarra

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