«El
destino del escritor es extraño...», comenzó diciendo Borges ante los Reyes de
España. En aquella ceremonia de 1980, el autor de El Aleph compartió el máximo
galardón de la lengua castellana con Gerardo Diego. Sin embargo, más allá de la
solemnidad del momento, el genio argentino aprovechó la ocasión para
reivindicar al verdadero protagonista del Quijote: no el caballero andante,
sino el hidalgo Alonso Quijano, aquel hombre ordinario que, a fuerza de leer,
se atrevió a soñar y construyó su propio destino.
Borges
calificó su asignación del Premio Cervantes como una «generosa equivocación».
Lejos de la grandilocuencia, el maestro argentino nos regaló un discurso
inolvidable sobre Cervantes y el destino del poeta. Recuperamos sus palabras y
su profunda reflexión sobre el Quijote.
Majestades,
señoras y señores:
El
destino del escritor es extraño, salvo que todos los destinos lo son; el
destino del escritor es cursar el común de las virtudes humanas, las agonías,
las luces; sentir intensamente cada instante de su vida y, como quería Wolser,
ser no sólo actor, sino espectador de su vida, también tiene que recordar el
pasado, tiene que leer a los clásicos, ya que lo que un hombre puede hacer no
es nada, podemos simplemente modificar muy levemente la tradición; el lenguaje
es nuestra tradición. El escritor tiene una desventaja: el hecho de tener que
operar con palabras, y las palabras, según se sabe, son una materia deleznable.
Las palabras, como Horacio no ignoraba, cambian de connotación emocional, de
sentido; pero el escritor tiene que resignarse a este manejo, el escritor tiene
que sentir, luego soñar, luego dejar que le lleguen las fábulas; conviene que
el escritor no intervenga demasiado en su obra, debe ser pasivo, debe ser
hospitalario con lo que le llega y debe trabajar esa materia de los sueños,
debe escribir y publicar, como decía Alfonso Reyes, para no pasarse la vida
corrigiendo los borradores, y así trabaja durante años y se siente solo, vivo
en una suerte de sueñosismo; pero si los astros son favorables, uso
deliberadamente las metáforas astrológicas, aunque detesto la astrología, llega
un momento en el cual descubre que no está solo. En ese momento que le ha
llegado, que le llega ahora, descubre que está en el centro de un vasto círculo
de amigos, conocidos y desconocidos, de gente que ha leído su obra y que la ha
enriquecido, y en ese momento él siente que su vida ha sido justificada. Yo
ahora me siento más que justificado, me llega este premio, que lleva el nombre,
el máximo nombre de Miguel de Cervantes, y recuerdo la primera vez que leí el
Quijote, allá por los años 1908 o 1907, y creo que sentí, aún entonces, el
hecho de que, a pesar del título engañoso, el héroe no es don Quijote, el héroe
es aquel hidalgo manchego, o señor provinciano que diríamos ahora, que a fuerza
de leer la materia de Bretaña, la materia de Francia, la materia de Roma la
Grande, quiere ser un paladín, quiere ser un Amadís de Gaula, por ejemplo, o
Palmerín o quien fuera, ese hidalgo que se impone esa tarea que algunas veces
consigue: ser don Quijote, y que al final comprueba que no lo es; al final
vuelve a ser Alonso Quijano, es decir, que hay realmente ese protagonista que
suele olvidarse, este Alonso Quijano. Quiero decir también que me siento muy
conmovido, tenía preparadas muchas frases que no puedo recordar ahora, pero hay
algo que no quiero olvidar, y es esto: me conmueve mucho el hecho de recibir
este honor en manos de un Rey, ya que un Rey, como un Poeta, recibe un destino,
acepta un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo
fatal, hermosamente fatal, no sé cómo decir mi gratitud, solamente puedo decir
mi innumerable agradecimiento a todos ustedes.
Muchas
gracias.
_______
*En
Jorge Luis Borges, Premio de Literatura en lengua castellana "Miguel de
Cervantes" 1979, Barcelona, Anthropos, Editorial del Hombre, Ministerio de
Cultura, Dirección General del Libro y Bibliotecas, 1989. Antologado en Textos recobrados 1956-1986 (1987).
_______
El
discurso de Jorge Luis Borges al recibir el Premio Cervantes en 1980 es
profundamente conmovedor. Combina la
humildad frente a su ceguera y su obra. Una reflexión poética sobre la
fragilidad del lenguaje y la revelación de la literatura como un acto de
gratitud y asombro.
El
carácter emotivo de su intervención destaca por varias razones fundamentales:
Fiel
a su estilo irónico y modesto, Borges calificó la concesión del galardón como
una «generosa equivocación». El hecho de que un gigante de la literatura
universal sintiera sorpresa y gratitud genuina ante un reconocimiento tan
importante resulta profundamente conmovedor.
En su
descurso, describió la labor del escritor no como una búsqueda de gloria, sino
como un proceso humilde de recibir «la materia de los sueños».
Concluyó
mencionando que, si los astros son favorables, el creador puede descubrir al
final de su vida que «no está solo y que su vida ha sido justificada», una
reflexión íntima y existencial que resuena fuertemente en el presente y el los
tiempos por venir.
Margarita Díaz de León Ibarra

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