miércoles, 11 de julio de 2012

Las Mil y una Noche: "Simbad el Marino"


A manera de inicio

Simbad el Marino es un relato conocido en todo el mundo debido a Las mil y una noches. Según René Khawam, traductor y crítico libanés, el relato de las aventuras de Simbad el Marino “sólo fue introducido en las Noches hacia los inicios del siglo XVIII, y con mucha timidez aún, al albur de la fantasía de los copistas”. Así, la primera edición impresa en árabe de las Mil y una noches (Calcuta, 1814-1818) lo incluye como un anexo al final del libro, y sólo se integra en el esquema de las Noches a partir de la edición egipcia de 1835, y de un modo resumido y expurgado.[1]


Simbad el Marino y lo monstruoso

En Las mil noches y una noches casi todo se repite. También así en los viajes de Simbad. Con los rasgos propios del epos –épica- tradicional, las peripecias del navegante recurren en tópicos: vida feliz en tierra, distracción, tedio, nostalgia de la aventura marina, embarco, naufragio, vicisitudes múltiples, deseado regreso y vuelta a empezar. Siete viajes que son un solo viaje. Un viaje que es todos los viajes. Pero la repetición en estas historias está en el marco con que se abren y se cierran, la repetición concita la atención del auditorio y fija la narración en el imaginario colectivo. Opera de presentación de un regalo que, cuando se desenvuelva, se revelará como singular, único, ahora sí, irrepetible. Memoria y viaje resultan inseparables y es por ello que “los lugares del recuerdo, de la memoria y el olvido se identifican con los espacios de la peregrinación del hombre…” [2] Simbad es siempre el mismo, sus necesidades, sus deseos, sus astucias, también. ¿Qué cambia, entonces? Varían las representaciones con que se enmascara la vida, el mundo, lo que está ahí para ser conocido y reconocido. Simbad —el marino— [3]es el arquetipo del nómada, del espíritu curioso que se halla dispuesto a pagar el precio de su esfuerzo temerario. Su riesgo es la vida misma multiplicada en desproporcionados espejos, un bestiario de seres que unas veces no son lo que parecen y otras no parecen lo que son. El mundo es otro: islas que son ballenas, hombres que son aves, siervos que son déspotas. La realidad se manifiesta alterada. Simbad debe afinar la percepción: su única arma es la experiencia, los sentidos porque los monstruos acechan.

Amenaza la diferencia. Esta es la razón por la que la definición de lo monstruoso es casi imposible. El monstruo es un enigma: está signado por la subjetividad, por tal motivo es que los modernos no comprenden los monstruos medievales: “es misterio, escándalo, ralea maldita”[4]. Es posible, quizás, encontrar mayor coincidencia en cuanto al concepto de monstruo cuando se analiza su relación con la norma, lo monstruoso es lo des-normado. También es múltiple su origen: provienen del antiguo Egipto y de la India, provienen del mundo grecolatino, provienen de la China. Habitan en tierras lejanas y poco conocidas. Si aparecen muy diseminados en los textos literarios, no ocurre lo mismo con los libros de viajes en donde adquieren entidad propia. Sobre todo en la época de los grandes viajes entre el siglo XIII y comienzos del XVI. Como señala Kappler, los monstruos que aparecen en los libros de viajes “se dirigen a un cierto número de funciones mentales igualmente solicitadas por cuentos y mitos”[5]. Es la imaginación la que establece el vínculo entre éstos y los viajes. Y cada uno de los componentes de esta tríada constituye un vehículo hacia el conocimiento del mundo. Del mismo modo, también el monstruo “es una especie de esfinge: interroga y se relaciona con las encrucijadas del camino de toda vida humana”[6].

Los seres que aparecen en los viajes de Simbad no siempre son monstruos: es el caso de la isla que resulta ser ballena con la que se topa en el primer viaje. Lo monstruoso reside en el descubrimiento de las dimensiones y en el cambio de apariencia: “un gran pez, que se tumbó a descansar en medio del mar y luego la arena lo cubrió tomando entonces apariencia de isla, por las plantas que le crecieron encima”[7]. Lo monstruoso para los personajes reside sobre todo en la conciencia del peligro que correrán cuando el animal quiera despojarse de su carga, al sentir el calor del fuego que han encendido sobre su piel. Algo parecido sucede con el obsequio que le envía el rey Al-Hind al jalifa de Simbad, en el penúltimo viaje que éste realiza, en relación con el tamaño de las serpientes: no sólo devoran hombres; engullen enormes elefantes. Salvo que además inmunizan de toda dolencia a quienes se sientan sobre ellas. Es también, por fin, el tamaño lo que espanta al marino —“y rompimos a llorar por nuestras almas”— cuando en el último viaje ve salir de las aguas a un pez con las dimensiones de “una montaña enorme”[8].



En otros casos no es la hipérbole sino la comparación lo que determina la monstruosidad. Es el caso de los gigantes, otros de los enemigos con que debe enfrentarse el héroe. De costumbres antropofágicas, considerados vampiros por el propio Simbad, estos monstruos, contra los que debe usar el ingenio en su tercera incursión por los mares, atemorizan no sólo por el tamaño sino también por la fiereza y la maldad. Son negros, con apariencia de palmeras, con dientes como colmillos de jabalí y labios largos y colgantes como de camello, orejas como dos barcazas y con uñas en sus manos que semejan zarpas de león. Su actitud tiránica, sin embargo, es determinante: “…y acrecióse nuestro pánico y subió de punto nuestro espanto y nos quedamos medio muertos de la fuerza del miedo y el horror y el terror.”[9] Son gigantones despóticos que se devoran a la mayoría de los compañeros del marino, descuartizándolos hasta dejar sólo el esqueleto: “Y después royó sus huesos y se sorbió su tuétano, hasta que al fin se dio por satisfecho…”[10]. De la alegoría ejemplarizante se infiere por contraste la existencia de un mundo más armónico donde los gobernantes respetan la vida y los derechos de los ciudadanos.

También la antropofagia es relatada como monstruosidad cuando, durante el cuarto viaje, Simbad se encuentra con la tribu de los magos adoradores del fuego. Sus compañeros son primero cazados y hechizados con manjares, luego engordados y por fin cocinados para el rey, mientras los súbditos “engullían la carne humana cruda, sin asar ni cocinar, que no necesitaban de esos requilorios para su paladar”[11].

Monos saqueadores que impresionan por su fealdad —“simios feísimos, con unos pelos como melenas de leones y una catadura que, sólo verla, ponía pavor en nuestros corazones”[12]— y, contrariamente a los casos anteriores, por su diminuto tamaño y que, además, actúan en grupos numerosísimos que impide cualquier defensa (tercer viaje); otros peces gigantes cuyas dimensiones les permitiría devorar hasta las mismas naves y que presumiblemente fueran ballenas (primer viaje); también serpientes con enormes bocas capaces de tragarse a los humanos (séptimo viaje). Todos y cada uno aumentan la galería espectral que signa la otredad.

Pero existen otra clase de monstruos en las geografías de Simbad. Son aquellos cuya esencia híbrida, su condición de seres compuestos, mixtos, los ubica en otra categoría de belleza. “La forma es lo que nos da belleza y esencia y luz a cada cosa”, dice Aristóteles[13]. Así, el hipocampo —“el alazán que engendra el mar”[14]— que engendra a su vez ejemplares que no tienen comparación, en la cruza con las yeguas del rey Al-Mahrachán (primer viaje); la gran serpiente que bien podría ser un dragón “de mucho bulto y cuerpo y con un vientre tremendo”[15], que se engulle a uno de sus compañeros de aventura (tercer viaje); el pez vaca y el pez asno, ambos ya citados por Plinio, que parecen referir al hipopótamo o el manatí o vaca marina, vistos como “prodigios y maravillas”[16] (también aparecidos en el tercer viaje). Por último, los hombres-pájaros, cuya condición cambia cada principio de mes: “se les ponían caras de pájaros y les salían unas alas con las cuales volaban hasta los confines del cielo, no quedando en la ciudad más que mujeres y chicos de poca edad”[17], y cuya conducta sumada al aborrecimiento de Mahoma que manifiestan, los ubica en una posición poco menos que sospechosa.



Sin embargo, ninguno de estos seres ha alcanzado el prestigio legendario del Ave Roj “… que criaba sus hijuelos con carne de elefante”[18]. Este pájaro enorme es utilizado por Simbad en el segundo viaje como transporte para escapar de la soledad de la isla a la que ha arribado luego del naufragio. Nada de simbólico tiene para el marino esta águila inmensa y otra vez su identidad monstruosa depende sólo de su tamaño. La enormidad de los huevos hace que la ignorancia de los viajeros los confunda con palacios: con el fin de encontrar su entrada, estos los dañan, lo que provoca el anhelo de venganza de los padres. De él se valen también los buscadores de diamantes (viaje quinto) para recoger estas riquezas. Pero si en las aventuras de Simbad nada se aparta del orden natural, en otras historias de Las mil noches y una noches se repara en la virtud de las crías del Ave Roj: vuelven del color original y en una noche las barbas blancas de aquellos que comen su carne. Cabe agregar que la escena en que se alza con nuestro héroe —así como aquella en que arrebata al tercerzáluk por orden del Destino— recuerda el rapto de Ganímedes por el águila joviana. Así como cierta identificación con los grifos de Heródoto y Eliano provendría de la relación del ave con los diamantes, también estos habrían inspirado un emblema de Alciato que sigue la leyenda de los grifos guardianes de tesoros. Burton nos dice que la leyenda procede de Egipto y que se origina en una reminiscencia fantástica de los pterodáctilos monstruosos de la época prehistórica. Esta versión que le asigna una procedencia natural no desdice otra de génesis mítica: el Ave Roj se identificaría con el Fénix, que renace de las cenizas y es por ello símbolo de la Inmortalidad[19].

Simbad, señalábamos al principio, es un viajero impenitente. Sin embargo, disfruta de su vida en tierra firme, si bien, pasado un límite de tiempo, una fuerza apenas explicable lo arroja al mar para vivir nuevas aventuras. Confluyen en él dos linajes que bien podrían representarse según una arcaica tipología: el del agricultor sedentario y el del marino mercader. Walter Benjamin nos recuerda que la figura del narrador sólo recibe su plena sustancia cuando incorpora ambas características: el narrador “es alguien que viene de lejos. Pero también se presta oídos a quien, comiendo bien, se mantiene en el país y conoce sus historias y tradiciones[20]”. Simbad es un viajero a quien nada lo arredra a la hora de lanzarse a conocer. Pero, no conviene olvidarlo, es también un magnífico narrador. En su figura se conjugan las formas primigenias del maestro de la narración. Y es el narrar un arte de artesano que opera a imagen y semejanza de la naturaleza. También Benjamin cita a Valery: “Nos habla de las cosas más perfectas de la naturaleza, perlas inmaculadas, vinos maduros y plenos, creaciones realmente logradas y las designa como la labor preciosa de una larga cadena de causas entre sí similares. Esa actuación paciente de la naturaleza fue imitada por los hombres”[21]. Simbad viaja y cuenta lo que ve. Y entre las cosas que ve, ve monstruos. Y en los monstruos “hay cosas divinas, ocultas y admirables”[22]. La palabra monstruo esconde así en su raíz la noción de misterio, la idea también de movimiento del espíritu. De su raíz men derivan tres categorías de palabras entre las cuales una es mostrare, que incluye monstrum y que es la que posee el significado más pleno del poder sagrado. Simbad vuelve de sus viajes para “mostrar” lo que habita en la creación y, entre tales cosas, quizás, aquellas que nacerían de la ira del dios, las que permitirían “mostrar” la venganza divina, según Tomás:

Pero no hay razón, sentido ni motivo
para que yo no afirme además, que es la muestra
de una cruel y dura venganza
que Dios quiere mostrar a todos.

El mundo es prodigioso. El monstruo es materia de interpretación. El viaje es vía de acceso al misterio. Las narraciones de los viajes de Simbad no repiten fórmulas solamente para que nuestra memoria selle experiencias del pasado. Las repiten también para advertirnos acerca de los horrores del futuro, un futuro concebido por nuestra osadía, tan lejano como la noche de los tiempos y tan próximo como nuestro miedo.


Interpretación simbólica de los viajes de Simbad

En el relato de Simbad El Marino están descritas las terribles peripecias del sendero de los héroes. Los siete viajes iniciáticos de Simbad El Marino muestran el proceso del iniciado en busca de la sabiduría.

En el primer viaje, Simbad cruzó delante de muchas islas y desafió grandes peligros, uno de ellos fue cuando bajó con sus compañeros a descansar en un islote que resultó ser una ballena; al sentir la ballena sobre sus lomos el fuego, que habían encendido, en forma violenta les arrastró a todos al mar (alegoriza el alma al descender a la materia...)

En el segundo viaje aparece el ave Rock, que simboliza la razón.

En el tercer viaje, se encuentra con los "enanos" o sea con los gnomos terrestres que son los menos invisibles de todos los entes del mundo etérico. Para llegar a este mundo, Simbad encuentra antes "a la serpiente enroscada en el árbol", es decir, ve y aprende "la ciencia del bien y del mal". Tras los enanos de este tercer viaje vienen los gigantes o cíclopes y Simbad se refugia en un árbol, que es el de la sabiduría hermética, y en la isla "Salahat" donde se salva y que simboliza el corazón humano.

El cuarto viaje alegoriza la caída o descenso a los infiernos que todos los candidatos deben de realizar, antes de su iniciación (bajada a la novena esfera).

El quinto viaje describe como un hombre bestial rompe el huevo Rock o "velo de la espiritualidad".

El sexto viaje es una alusión a los lugares donde puede adquirirse el conocimiento iniciático. Uno de ellos es la llamada "Montaña Inaccesible"; el único paso para la "Montaña Inaccesible", en donde está el Maestro, es la balsa, que significa las obras que el hombre construye con el esfuerzo para no ser sumergido en la corriente de los deseos en el temido torrente de la vida.

Y ya en su séptimo y último viaje triunfal, puede ir de embajador a "Serendib" (la tierra donde se encuentra lo que descubre sin buscar) como verdadero Maestro en que se ha constituido desde el viaje anterior.


El eco occidental de Simbad el Marino

Tenía el griego clásico varios vocablos para nombrar el mar: thálassa, hals, y pontos. Pontos, que suele designar “el alta mar”, viene de una raíz indoeuropea que significaba “camino” (latín pons, inglés path, antiguo indio pantah , ant. eslavo ponty). Y, en efecto, el mar fue para los griegos, gentes de islas y costas, camino de aventuras, el sendero innumerable y tentador hacia un horizonte pródigo en promesas y misterios.

La Odisea de Homero, el segundo gran poema épico, tiene en las aventuras marinas de Odiseo su escenario más fabuloso, sus episodios más memorables, su encanto más firme. Compuesto a poca distancia de La Ilíada, a finales del siglo VIII a.C., el relato odiséico evoca el mundo arriesgado y prodigioso del Mediterráneo, que algunos audaces navíos helénicos comenzaban por entonces a recorrer y a explorar. Con sus islas y sus gentes diversas, sus magas, sus ogros, sus lotófagos, sus tesoros y sus trampas mortales, esa epopeya aventurera –que no se centraba ya en antiguas proezas guerreras, sino que narraba viajes y encuentros muy diversos, con un protagonista que, después de sus múltiples naufragios, gracias a su astucia, lograba volver a su patria con un final feliz–, envolvía con su encanto a sus oyentes, tanto como la narración de Odiseo en el palacio de Alcínoo logró seducir al hospitalario rey de los feacios.

La Odisea es el primer gran relato de viajes de nuestra literatura; es ya una narración construida con una destreza poética singular, con una notable sofisticación. Alberga tres mundos distintos: el de Ítaca, con el que se abre y cierra el relato; el de la guerra de Troya, recordada en el viaje de Telémaco por Néstor, Menelao y Helena, y el de esas aventuras marinas que el mismo Odiseo cuenta, en el banquete ofrecido por los feacios.



Esas fantásticas aventuras son la sección más famosa del poema y quedan en el centro de la narración. (Recordemos que ocupan los cantos VIII a XII; los cuatro primeros cantos constituyen la llamada “Telemaquia” y los doce últimos tratan del regreso y la venganza de Odiseo, ya en Ítaca desde el XIII). Ahí están los Cícones, los Lotófagos, los Lestrígones, Eolo, Polifemo, Circe, las Sirenas, el tenebroso Hades, Escila y Caribdis, y la tentadora Calipso, evocados por Odiseo. Gran narrador, no sólo de estos lances, sino también de falsas autobiografías de urgencia. A las aventuras fantásticas les conviene ser contadas, en primera persona, por su protagonista. (Odiseo es un modelo para Eneas, Luciano, Simbad, Dante, Cyrano, Gulliver, etc.) Del itinerario marino de Odiseo, intrigante y fabuloso, se ha especulado mucho, pero sin fundamento.

Sí podemos, en cambio, dibujar sobre un mapa la ruta complicada y aventurera de otro gran viaje mítico: el de los Argonautas, capitaneados por el héroe Jasón, que fue a la Cólquide en pos del Vellocino de Oro, y volvió de allí, con Medea, cruzando el Mar Negro y los largos ríos de Europa y buen techo del Mediterráneo. Argo es la primera nave con nombre propio, una nave aureolada de prestigio, cargada de remeros heroicos. Ese viaje lo cuenta Apolonio de Rodas, ya en el siglo III a.C., en su Argonáutica. Sobre un esquema mítico arquetípico (el héroe que va en busca del tesoro que guarda un feroz dragón en una tierra remota, y vuelve con su botín y la princesa) el refinado poeta helenístico añadió detalles geográficos y, sobre todo, un fuerte ingrediente erótico: el amor apasionado de Medea. Con ello la épica adquirió un aire sentimental y moderno, que retomará su mejor lector: Virgilio, en el episodio de Dido y Eneas, en su Eneida.

Junto a Odiseo y Jasón (y otros viajeros míticos, como Dioniso y Heracles) sólo podemos recordar un viajero que, surgido en la historia real, devino luego protagonista mítico de otro prodigioso viaje: a Oriente, no por mar, sino por tierras exóticas de Asia. Es Alejandro, el monarca macedonio que conquistó todo el inmenso imperio persa, y llegó desde el Nilo hasta el Indo en una gesta histórica digna de la mejor celebración épica. Como se sabe, no tuvo Alejandro un Homero que diera resonancia poética a sus fulgurantes hazañas, sino que sus campañas y triunfos nos llegan en las prosas frías de algunos historiadores tardíos .Y, además, en un texto extraño, novelesco y fantasioso, de extraordinaria difusión popular: Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia. Compuesto casi cinco siglos después de la muerte de Alejandro –casi a igual distancia como está Apolonio de Homero–, este asombroso relato mezcla historia y mito. El gran conquistador resurge como el explorador del Oriente, el buscador de la inmortalidad, que asciende al cielo en un carro tirado por grifos y baja al fondo del mar en una bola de cristal, y se enfrenta a los monstruos de las selvas asiáticas y escucha a los árboles parlantes del Sol y la Luna, y muere fatídicamente en la ciudad de Babilonia.

Este texto tardío (siglo III d.C.) no es, formalmente, una epopeya heroica, como son La Odisea y La Argonáutica. Está escrito en una prosa pedestre y su protagonista no es, desde luego, un héroe del acervo mítico, sino un ser histórico; pero, sin embargo, da expresión a un mismo anhelo épico de ensalzar al protagonista de magníficas aventuras, que viaja lejos y muere joven y de modo trágico y misterioso en su trono imperial.


[1] Las aventuras de Sindbad el Marino, texto establecido de acuerdo con los manuscritos originales por René R. Khawam, Barcelona, Sirpus, 2002.

[2] Campa, Riccardo. “Prólogo” en Luigi Volta (comp.), El viaje y la aventura, Corregidor, Buenos Aires, 1992.

[3] Simbad narra sus aventuras a su doble, debido a que éste se lamenta de su infortunio, cuya causa no es otra que su frustrante sedentarismo.

[4] Kappler, Claude, Monstruos, demonios y maravillas a fines de la Edad Media, Akal, Madrid, 1986.

[5] Ibid, pág. 11

[6] Ibid, pág. 11

[7] Anónimo. Libro de las mil y una noches, Tomo II, Aguilar: Madrid, 1971.

[8] Ídem supra, pág. 287.

[9] Ídem supra, pág. 244

[10] Ídem supra, pág. 245

[11] Ídem supra, pág. 255

[12] Ídem supra, pág 243

[13] Marcos, A. Aristóteles y otros animales. Una lectura filosófica de la biología aristotélica, Barcelona: P.P.U., 1996

[14] Libro de las mil y una noches, Tomo II, pág. 228

[15] Ídem supra, pág. 247

[16] Ídem supra, pág. 251

[17] Ídem supra, pág. 291

[18] Ídem supra, pág.237

[19] Hay numerosas versiones que pretenden dar cuenta del origen de este pájaro mítico.

[20] Benjamin, Walter, “El narrador”, en Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos, Planeta-Agostini, s/d pág. 197.

[21] Ídem supra, pág.197

[22] Paré, Ambroise, Monstruos y prodigios, Siruela, Madrid, 1993.

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