jueves, 1 de marzo de 2012

Sigmund Freud: "Psicoanálisis del arte"


“He de confesar, ante todo, que soy profano en cuestión de arte. El contenido de una obra de arte me atrae más que sus cualidades formales y técnicas, a las que el artista concede, en cambio, máxima importancia”.
(“El Moisés de Miguel Ángel” en Psicoanálisis del arte. Freud, 1914)


Psicoanálisis del arte consta de una serie de ensayos biográficos en los que Sigmund Freud pretende “llegar realmente a una profunda comprensión de la vida anímica del sujeto investigado”, a saber: Leonardo de Vinci, Miguel Ángel, W. Jensen, Goethe y Dostoievski. Valiéndose del psicoanálisis, Freud analiza determinadas obras de estos virtuosos, articulando conclusiones sobre detalles de sus infancias, de su sexualidad, de sus relaciones interpersonales y de sus inconscientes.


“Un recuerdo infantil de Leonardo de Vinci” es un extenso texto que Freud enfoca sobre la labor de Leonardo como investigador y como pintor, analizando ciertas particularidades de su proceso creativo. Explica que el espíritu de investigador de Leonardo se sobrepuso al del artista, manifestándose en una excesiva preocupación por el detalle. Freud se aventura a indagar sobre la vida sexual de Leonardo, llegando a conclusiones sobre sus prácticas y orientación; por ejemplo, Freud comenta que Leonardo sublimaba su energía sexual mediante una incesante faena intelectual, sustituyendo el amor por el estudio.


En “El Moisés de Miguel Ángel”, Freud confiesa el poderoso efecto que dicha escultura tuvo sobre él, pasando a un riguroso examen de la historia detrás de la postura de este Moisés. Tal fue la fascinación ejercida por la pieza sobre Freud, tantas las horas que pasó contemplándola y desmenuzándola, que hasta pareciera que su mirada adquirió un matiz de la del Moisés y terminó por emularla.


Por otro lado, en “El delirio y los sueños en la Gradiva de W. Jensen”, Freud intenta encontrar el sentido e interpretar los sueños del protagonista de una novela aparecida en 1930 llamada “Gradiva”. Para ello, desde luego, se vale de su propia obra Interpretación de los sueños para validar sus observaciones. En lo que respecta a “Un recuerdo infantil de Goethe en Poesía y Verdad” y “Dostoievski y el parricidio”, el autor parte de las narraciones Poesía y Verdad y Los hermanos Karamazov para comprender mejor las relaciones entre Goethe y su madre, así como Dostoievski y su padre, respectivamente.


Un detalle muy gracioso de esta colección de ensayos es que con frecuencia Freud se detiene y nos cuestiona y se cuestiona sobre su “sorprendente interpretación de toda la figura y de sus propósitos”. Después del auto elogio, él mismo se pregunta si no estará otorgando demasiada importancia a detalles que quizá para el artista fueron indiferentes, arbitrarios y unidimensionales. No puede evitarse esbozar una gran sonrisa ante los titubeos de un genio.

Aunque Freud se consideraba como un “profano en cuestión del arte”, en este libro demuestra su entusiasmo por la misma. Su atracción por el contenido latente de una obra se revela lo suficientemente vigorosa como para llevarle al desglose de estos valiosos ensayos. Dejando entrever a un hombre apasionado y emocionado hasta los huesos por las obras que aborda y llegando a ser, por momentos, abrumadoramente analítico, resulta curioso que Freud termine por admitir que “… algunas de las creaciones artísticas más acabadas e impresionantes escapan a nuestra comprensión. Las admiramos y nos sentimos subyugados por ellas, pero no sabemos qué es lo que representan.”

Las teorías de Freud, así como la de otros psicoanalistas posteriores (especialmente Lacan), se suelen utilizar como marco teórico para analizar obras de arte, literatura y cine. Las distintas interpretaciones freudianas se basan en la visión de Freud del arte como un método efectivo para la sublimación de deseos reprimidos.

A profundidad:
Que el arte en todas sus manifestaciones implica una función que va más allá de una cuestión ornamental o puramente estética se evidencia, como ya veremos, mucho antes de que apareciera la teoría psicoanalítica y desde los propios artistas; pero no cabe duda de que el psicoanálisis desde su comienzo, ejercerá una indiscutible influencia en el arte y sus distintas vías de expresión; en el cine de Buñuel, el Art Brut de Jean Dubuffet, que plantea que todos llevamos un potencial creativo que lo social y sus normas anula[1], el dadaísmo, y como no, en el Surrealismo con Breton, Dalí, Max Ernst, etc. El interés del psicoanálisis por llevar sus descubrimientos científicos y aplicarlos en otros ámbitos del ser humano que necesariamente no pasen por la enfermedad y su cura tampoco es nuevo[2]; y es desde este interés desde el que se escribe este monográfico; sabedores que desde algunas posiciones de la filosofía y la estética se plantea que se corre el riesgo de psicologizar o psicoanalizar el arte.

El arte, desde su idea de que lo artístico es algo más que una cuestión ornamental. El psicoanálisis desde sus inicios ha mostrado un especial interés por el arte; interés que no nos hace olvidar que, curiosamente, si bien a Freud nunca se le otorgó el premio Nobel, si fue galardonado en 1930 por la ciudad de Frankfort con el “Premio Goethe”; en cuya comunicación firmada por el Alcalde de la ciudad se podía leer “El psicoanálisis no sólo conmovió y enriqueció la ciencia médica, sino también el mundo mental del artista y del sacerdote, del historiador y del educador”.

Son muchas y distintas, cuando no complementarias, las formas en las que se concibe y se describe el arte, así tenemos la visión que lo plantea como una forma de lenguaje, como un acto de comunicación; otro punto de vista propone la obra de arte como un objeto creado con la única intención de generar efectos estéticos generalmente vinculados con lo bello y lo placentero; y una tercera forma que lo concibe como un acto significante, que además de comunicar, transmite emociones valiéndose de la imagen, la música, la palabra etc.

Esta idea de “algo más” que lo estético o lo ornamental, la encontramos en muchas manifestaciones artísticas, principalmente de la mano de poetas y escritores que en sus textos ya apuntan esta idea, y quizá también, aventuren futuros conceptos psicoanalíticos y filosóficos; veamos algunos ejemplos.


Edmund Burke (1727-1795), cuya obra abarca varios géneros (filosofía, historia, literatura, periodismo etc.), escribía en el año 1757: “Ahora bien, como las palabras no nos afectan mediante un poder original, sino mediante la representación, podría suponerse que su influencia sobre las pasiones debería ser ligera; aunque sucede casi lo contrario; ya que la experiencia nos dice que la elocuencia y la poesía son tan capaces, e incluso mucho más capaces, de causar impresiones profundas y vivaces como cualquier otro arte, e incluso más que la misma naturaleza en muchos casos. Primero, que tomamos una parte extraordinaria en las pasiones de los demás, y que fácilmente nos afectan y conducen a la simpatía cualesquiera señales que se muestran de ellas; y no hay señales que puedan expresar todas las circunstancias de la mayoría de pasiones tan completamente como las palabras; de modo que si una persona habla sobre cualquier objeto, no sólo puede comunicarnos el tema, sino también la manera en que éste le afecta”.


El propio Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, en su conocido cuento “El hombre de arena”, texto que más tarde analizaría Freud en su trabajo “Lo siniestro” (Freud, 1919), parece adelantarse a la idea de “doblez” de Gilles Deleuze (1989) cuando escribía: “Quizá ¡oh lector mío! pienses que no hay nada más absurdo y fantástico como creer que el poeta puede reflejar la verdadera vida en su espejo bruñido, que sólo da un oscuro reflejo”, haciéndonos ver que hay más reflejos que compondrían el verdadero sentido. (Hoffmann, 1972).


Jorge Luis Borges, como si de una suerte de insight se tratase escribe haciendo referencia al lenguaje “De lo que estoy seguro es de la brusca revelación que esos versos me depararon. Hasta esa noche el lenguaje no había sido otra cosa para mí que un medio de comunicación, un mecanismo cotidiano de signos: Los versos de Almafuerte que Evaristo Carriego nos recitó me revelaron que podía ser también una música, una pasión y un sueño. Housman ha escrito que la poesía es algo que sentimos con la carne y la sangre” (Borges, 1975); y más tarde, en el dictado de una conferencia en la sede de la Asociación Psicoanalítica Argentina, invitado por Mauricio Abadi, decía: “Quizá nosotros juzguemos a los demás, no por lo que dicen o lo que hacen, la gente obra y suele decir del mismo modo, sino por lo que sentimos detrás de ello”. (Borges, 2006).


Miguel Hernández en 1937, en la dedicatoria a su buen amigo Vicente Aleixandre en su libro «Viento del pueblo», escribe: “Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas” (Hernández, 2001), que parece hablarnos de la poesía como un acto sublimatorio donde las pulsiones (sentimientos) se convierten en un acto hermoso; aspecto este último al que podríamos añadir la reflexión que hace Karl Rosenkranz en 1853 cuando plantea “…se entendería que los sublime y lo placentero no serían bellos, como si la belleza absoluta no excluyes de sí toda fealdad”.

Negar la influencia y la presencia de lo artístico en la teoría psicoanalítica sería faltar a la verdad. Goethe, la literatura en general y Goethe en concreto, tuvieron una influencia en el pensamiento de Freud; influencia que no se refleja exclusivamente en la enorme cantidad de citas literarias de su obra, que podrían entenderse como un arabesco para ilustrar el texto, sino que dichas citas tenían un sentido de validación de las premisas teóricas del psicoanálisis de Freud; Freud no solo se “alimenta” de la literatura para elaborar la teoría psicoanalítica, sino que le sirve como “elemento de validación de sus premisas teóricas”; cumpliéndose de esta forma aquello que decía Platón de que “Los poetas, en verdad, son los padres de todas las ciencias y los verdaderos guías en todo” (Platón, 1958).

De la misma forma en la que Goethe va a estar presente a lo largo de toda la obra de Freud, el tema del arte y la cultura, van a ser temas recurrente a los que el maestro vienés dedicará mucho entusiasmo y tiempo como se puede comprobar tanto en sus artículos, como en sus prolífica e interesante correspondencia mantenida a lo largo de su vida. A continuación, y sabiendo que nos son las únicas ni quizá las más importantes, exponemos algunas observaciones referidas al arte, la estética y la cultura que encontramos en los textos freudianos, que pretende situar al lector al lector ante el método psicoanalítico para la exploración del arte, método que lejos de psicologizar o psicoanalizar clínicamente hablando el arte, busca a partir de la obra reconstruir la fantasía del artista, y de esta forma, otorgarle sentido tanto a la historia individual como a la obra de arte en su relación con la memoria inconsciente.

En 1907 en su trabajo “El delirio y los sueños en la Gradiva de W. Jensen”, Freud comparte con sus lectores cómo “surgió un día la curiosidad de examinar los sueños que no han sido nunca soñados; esto es, aquellos que el artista atribuye a los personajes de su obra y no pasan, por tanto, de ser una pura invención poética” (Freud, 1907); abriendo de esta forma la posibilidad de aplicar el método psicoanalítico a la producción artística; más adelante escribe en esta misma obra en relación a la naturaleza del sueño “Y los poetas son valiosísimos aliados, cuyo testimonio debe estimarse en alto grado, pues suelen conocer muchas cosas existentes entre el cielo y la tierra y que ni siquiera sospecha nuestra filosofía. En la Psicología, sobre todo, se hallan muy encima de nosotros los hombres vulgares, pues beben en fuentes que no hemos logrado aún hacer accesibles a la ciencia”[3] (Freud, 1907). En esta obra, pensaba que el arte permitía aflorar lo reprimido.


En El poeta y los sueños diurnos, Freud se pregunta por el origen de los temas de la poesía, poniendo el acento en las emociones que nos hacen sentir; nos dice: “de dónde extrae el poeta sus temas […] y cómo logra conmovernos con ellos tan intensamente y despertar en nosotros emociones de las que ni siquiera nos juzgábamos capaces.” (Freud, 1908). Más adelante y en esta misma obra, Freud nos explica que gracias a la técnica artística, el poeta, desde la fantasía, consigue convertir aquello que en la realidad provoca displacer, en algo placentero, “[...] el poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad. Pero de esta irrealidad del mundo poético nacen consecuencias muy importantes para la técnica artística, pues mucho de lo que, siendo real, no podría procurar placer ninguno puede procurarlo como juego de la fantasía, y muchas emociones penosas en sí mismas pueden convertirse en una fuente de placer para el auditorio del poeta” (Freud, 1908). Concluye este trabajo diciendo “A mi juicio, todo el placer estético que el poeta nos procura entraña este carácter del placer preliminar, y el verdadero goce de la obra poética procede de la descarga tensiones dada en nuestra alma. Quizá contribuye no poco a este resultado positivo el hecho de que el poeta nos pone en situación de gozar en adelante, sin avergonzarnos ni hacernos reproche alguno, de nuestras fantasías” (Freud, 1908).


Tótem y Tabú (1912), representa en palabras de Freud «una primera tentativa de mi parte de aplicar el punto de vista y los hallazgos del psicoanálisis a los problemas no resueltos de psicología social», ampliando de esta forma el campo del psicoanálisis aplicado. En esta obra, nos sitúa en la idea de que podemos establecer una correlación entre las motivaciones estéticas y las mágicas, y escribe sobre el arte: “El arte es el único dominio en el que la ‘omnipotencia de las ideas’ se ha mantenido hasta nuestros días. Sólo en el arte sucede aún que el hombre atormentado por los deseos cree algo semejante a una satisfacción y que este juego provoque — merced a la ilusión artística— efectos afectivos, como si se tratase de algo real. Con razón se habla de la magia en el arte y se compara al artista a un hechicero”. (Freud, 1912).

En El interés del psicoanálisis para la estética, escribe, “El psicoanálisis ha logrado resolver también satisfactoriamente algunos de los problemas enlazados al arte y al artista. Otros escapan por completo a su influjo. Reconoce también en el ejercicio del arte una actividad encaminada a la mitigación de deseos insatisfechos, y ello, tanto en el mismo artista creador como luego en el espectador de la obra de arte. […] El artista busca, en primer lugar, su propia liberación, y lo consigue comunicando su obra a aquellos que sufren la insatisfacción de iguales deseos. Presenta realizadas sus fantasías; pero si éstas llegaran a constituirse en una obra de arte, es mediante una transformación que mitiga lo repulsivo de tales deseos, encubre el origen personal de los mismos y ofrece a los demás atractivas primas de placer, atendiéndose a normas estéticas. […] A título de realidad convencionalmente reconocida, en la cual, y merced a la ilusión artística, pueden los símbolos y los productos sustitutivos provocar afectos reales, forma el arte un dominio intermedio entre la realidad, que nos niega el cumplimiento de nuestros deseos, y el mundo de la fantasía, que nos procura su satisfacción, un dominio en el que conservan toda su energía las aspiraciones a la omnipotencia de la Humanidad primitiva” (Freud, 1913). Como vemos, no solo nos explica cómo la estética se pone al servicio del artista para transformar los aspectos más repulsivos del deseo, y adelanta en esta obra al hablar de que “provoca afectos reales”, lo que más adelante desarrollará en su análisis de la escultura de Moisés de Miguel Ángel.

En su trabajo de 1914 El “Moisés” de Miguel Ángel, propone la idea de que hay algo en determinadas obras de arte que nos toca, que nos captura, que nos silencia, que nos interroga, como si de una fuerza de atracción se tratase; “Las admiramos y nos sentimos subyugados por ellas, pero no sabemos qué es lo que representan. […]Lo que tan poderosamente nos impresiona no puede ser, a mi juicio, más que la intención del artista, en cuanto el mismo ha logrado expresarla en la obra y hacérnosla aprehensible. […] Más ¿por qué no ha de ser posible determinar la intención del artista y expresarla en palabras, como cualquier otro hecho de la vida psíquica? En cuanto a las grandes obras de arte, acaso no puede hacerse sin auxilio del análisis. La obra misma tiene que facilitar este análisis si es la expresión eficiente en nosotros de las intenciones y los impulsos del artista. Y para adivinar tan intención habremos de poder descubrir previamente el sentido y el contenido de lo representado en la obra de arte; esto es, habremos de poderla interpretar. Es pues, posible que una obra de arte precise de interpretación, y que sólo después de la misma pueda yo saber por qué he experimentado una impresión tan poderosa” (Freud, 1914). La importancia de este escrito radica en que va a ser en esta obra donde podemos decir que Freud va a desarrollar de forma ya explicita su método de análisis del arte, resaltando la idea del impacto de la obra sobre el espectador, y la posibilidad de esclarecer dicho afecto interpretando el contenido de la misma.

En su trabajo de 1917, “Un recuerdo infantil de Goethe en ‘Poesía y verdad’, nos sitúa ante la idea de que pasajes como el que analiza “podían leerse en los tiempos preanalíticos sin sentirse uno impulsado a reflexionar sobre ellos”; en su excelente trabajo de 1919 “Lo siniestro”, encontramos otro ejemplo de psicoanálisis aplicado, donde y a propósito de la obra ya mencionada de Hoffmann El hombre de arena, nos enfrenta ante ideas tan trascendentales para el análisis del arte como la muerte, la castración, lo traumático, el placer en el displacer etc.; en Más allá del principio del placer (1920), donde introduce el concepto de pulsión de muerte, que será una de las nociones más controvertidas, obligará también a repensar la obra de arte desde esta nueva aportación. Su obra de 1930, El malestar en la cultura Freud deja abierta la comprensión metapsicológica de la alegría del crear, que en cierto sentido equivale a la alegría del amor. Equipara alegría del amor con la búsqueda de la felicidad, donde está incluido el problema de la estética y de la belleza, pero aclarando que ninguna de éstas preserva del sufrir.

Queda claro que la obra de arte se convierte a la luz de todo lo anteriormente expuesto en un acto cargado de significación, como una solución de compromiso más sana que el síntoma, pero que de la misma forma, podríamos decir que es la expresión de un compromiso entre las pulsiones que pugnan por salir al exterior y hacerse conscientes; y una parte del sujeto que lucha por no saber nada de ello; recurriendo para ello a la magia de la estética que, convierte lo intolerable en hermoso. El espectador, a su vez, se cree reconocer, por identificación, en la obra artística, la obra lo captura, provocando en él toda una suerte de melodías latentes; algo de la verdad del espectador se expresa en su emoción, en los afectos que le provoca y despierta; algo de si mismo participa en la obra y goza o sufre, le estremece o asusta; el diálogo que se establece entre un sujeto y una obra de arte permite canalizar tensiones internas despertando identificaciones muy profundas que alivian la represión. Este movimiento proyectivo y de identificación ante la obra de arte que levanta la censura y anula en parte lo reprimido, no es brutal ni traumático. Sería por tanto un grave error ignorar el papel del inconsciente en esta relación dual artista-espectador; relación dual en este caso la del analista con la obra va a permitir que se establezca un juego de conjeturas y de ocurrencias que surgen del inconsciente del analista, ligadas a lo inconsciente que podemos pesquisar» en la obra de arte en cualquiera de sus manifestaciones. Lo indescifrable de la obra, lo más enigmático y atrapante sólo puede concretarse en una fantasía engendrada durante la experiencia en un intento de alcanzar las formas más alejadas de lo representado. En el analista se produce un moviendo mental destinado a interpretar el impacto estético de lo lingüístico y lo prelingüístico que jaquea su mundo representacional y a construir, durante la experiencia, lo no descifrable ni representado de la obra que atrapa sus afectos y sentidos.


Cerremos esta breve introducción a Freud y su intervención en el arte con una cita de Nietzsche de su libro El ocaso de los ídolos, donde escribe: “Un psicólogo nato se guarda instintivamente de ver por ver, y lo mismo cabe decir de un pintor nato. Este no trabaja nunca «conforme a la naturaleza», sino que deja que su instinto, su «cámara oscura», cribe y exprese el ‘caso’, la ‘naturaleza’, lo ‘vivido’… Lo que llega a su conciencia es sólo lo universal, la conclusión, el resultado, pero desconoce lo que es esa arbitraria abstracción a partir del caso individual”.

Bibliografía
Borges, J. L. (1975). Prólogos con un prólogo de prólogos. Buenos Aires: Torres Agüero.
Borges, J. L. (2006). La metáfora. En "Revista de psicoanálisis". Buenos Aires. LXIII, 3: 539-548.
Deleuze, G. (1989). Lógica del sentido. Barcelona: Paidós.
Freud, S. (1900). La interpretación de los sueños. En Obras Completas. Tomo 2. Madrid: Biblioteca
Nueva. 1997.
Freud, S. (1907). "El delirio y los sueños en la «Gradiva» de W. Jensen". En Obras Completas. Tomo
4. Madrid: Biblioteca Nueva. 1997.
Freud, S. (1908). "El poeta y los sueños diurnos". En Obras Completas. Tomo 4. Madrid: Biblioteca
Nueva. 1997.
Freud, S. (1910). "Un recuerdo infantil de Leonardo de Vinci". En Obras Completas. Tomo 5. Madrid:
Biblioteca Nueva. 1997.
Freud, S. (1912). "Tótem y Tabú". En Obras Completas. Tomo 5. Madrid: Biblioteca Nueva. 1997.
Freud, S. (1913). "Múltiple interés del psicoanálisis". En Obras Completas. Tomo 5. Madrid: Biblioteca
Nueva. 1997.
Freud, S. (1914). "El «Moisés» de Miguel Ángel". En Obras Completas. Tomo 5. Madrid: Biblioteca
Nueva. 1997.
Freud, S. (1919). "La editorial psicoanalítica internacional y los premios para trabajos psicoanalíticos".
Tomo 7. Madrid: Biblioteca Nueva. 1997.
Freud, S. (1919b). "Lo siniestro". En Obras Completas. Tomo 7. Madrid: Biblioteca Nueva. 1997.
Freud, S. (1920). "Más allá del principio del placer". En Obras Completas. Tomo 7. Madrid: Biblioteca
Nueva. 1997.
Freud, S. (1930). "El malestar en la cultura". En Obras Completas. Tomo 8. Madrid: Biblioteca Nueva.
1997.
Freud, S. (1938). "Carta a Stefan Zweig". En Sigmund Freud. Epistolario II (1891-1939). Barcelona:
Plaza & Janés. 1975.
Hernández, M. (2001). "Viento del pueblo". En Poesías completas. Tomo I. Madrid: R.B.A.
Hoffmann, E.T.A. (1972). "El hombre de arena". En El hombre de la arena y otros cuentos. Madrid:
Magisterio Español, S.A.
Nietzsche, F. (1993). El ocaso de los ídolos. Madrid: M. E. Editores, S. L.
Nietzsche, F. (1999). Así habló Zaratustra. Madrid: Edimat Libros, S.A.
Platón (1958). "Lisis". En Diálogos. Madrid: Ediciones Ibéricas.
Unamuno, M. (1998). Recuerdos de niñez y de mocedad. Madrid: Alianza Editorial.



[1] Esta idea de que lo social anula lo creativo y la espontaneidad, la encontramos en otros autores, así,
D. Miguel de Unamuno escribe haciendo referencia al «pedo» como «uno de los principales factores
cómicos de la niñez»: "Cuando nos hacemos mayores perdemos el sentido de este cómico infantil.
La estúpida urbanidad nos ha taponado el alma" (Unamuno, 1998).

[2] En 1919, Freud, informa de la decisión de crear dos premios, uno del sector del
psicoanálisis médico, y otro dedicado al psicoanálisis aplicado, recayendo la primera distribución de
dichos premios en el ámbito del psicoanálisis aplicado al estudio Los ritos de pubertad de los salvajes
del psicoanalista Theodor Reik.

[3] Mucho antes Nietzsche dijo: “Los poetas creen también que si alguien se tiende sobre la hierba o en una ladera solitaria y aguza el oído, puede llegar a saber algo de lo que pasa entre el cielo y la tierra” (Nietzsche,
1999).





3 comentarios:

  1. Mucho trabajo tiene esta publicación.
    Gracias.
    B.

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  2. Gracias por el post, sintetiza, conecta y ¡das muchas referéncias! ¡Es un regalo!
    M

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    1. Muchas gracias por sus comentarios. Motivadores para seguir publicando. Un abrazo!

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